Árboles de la Vida

  • por jon lee anderson
  • ilustración julián garcía


Tras treinta años en pie, hay poco que demuestre que una Revolución Sandinista tuvo lugar en Nicaragua, aparte de vallas exhortatorias en tonos arcoíris enseñando el sonriente rostro de Daniel Ortega, quien hoy, como entonces, es el líder de Nicaragua. Pero Ortega ya no lleva su uniforme verde-olivo, sino una camisa blanca sin cuello. Con frecuencia se lo muestra junto a su esposa, Rosario Murillo, su cuello engalanado con collares y sus manos adornadas con un par de docenas de anillos. Murillo está siempre ataviada con los mismos colores de las vallas, variados tonos vívidos que supuestamente trasmiten buenas vibraciones.

Las calles de Managua están recubiertas por una fantasmagoría de anuncios y vallas comerciales; nada separa lo comercial de lo residencial. Junto a McDonalds, Dunkin Donuts y Pollo Campero, hay “autohoteles” donde los ejecutivos llevan a sus secretarias para encuentros casuales a la hora del almuerzo: el Fantasía, el Casanova, el Secreto del Amor; casas de empeños, casinos; restaurantes chinos; salas de striptease, gasolineras y concesionarios de autos. Por todos lados hay torres eléctricas, pero no hay pasos peatonales para los azorados transeúntes citadinos, que se apresuran como venados asustados por las autopistas donde los autos se precipitan sobre ellos a altas velocidades y compiten sin que la policía los moleste. En los semáforos, niños pequeños saltan entre los autos para formar pirámides humanas, haciendo de payasos, o mendigando a los conductores.

El bulevar principal de la ciudad, la Avenida Bolívar, llega hasta la orilla del Lago Managua, detrás de una colina conocida como el lomo de Tiscapa, donde el dictador Anastasio Somoza solía tener una casa fortaleza y una cárcel subterránea para albergar a sus presos políticos. Algunos sandinistas pasaron años ahí. La casa de Somoza fue destruida por el terremoto de 1972 que también destruyó gran parte de Managua, y la cima de Tiscapa es ahora un museo al aire libre con piezas desplegadas alrededor de la base de un gigantesco perfil, de acero negro, de Augusto César Sandino, el héroe nacional. Si hay un emblema de la ciudad, es este Sandino.

Debajo de la colina queda el cuartel militar, al que perteneció Somoza, y a su lado, el viejo Hotel Intercontinental, donde Howard Hughes se refugió una vez en su fase de ermitaño, que ahora es un Crowne Plaza, lleno de comerciantes chinos. Al frente hay un redondel en cuyo centro se alza un inmenso retrato de Hugo Chávez hecho con neón plástico que descansa sobre un colorido símbolo circular conocido como el Círculo de la Vida, aparentemente adaptado de unos jeroglíficos Maya. Chávez brilla con un amarillo a lo Homero Simpson. Alrededor de Chávez hay cinco árboles metálicos, gigantescos y estilizados, cada uno de unos treinta pies o más, pintados de amarillo brillante e incrustados con miles de focos, que se encienden en la noche. En la base de estos árboles de la vida, que es como todos se refieren a ellos, hay varias docenas de árboles navideños artificiales púrpuras, verdes y azules, cada uno con sus respectivos focos, todos fijados en el concreto. El Chávez amarillo, los Árboles de la Vida, y el esquema del color en la iluminación han sido todos diseñados por Rosario Murillo.

No acaba ahí. Siguiendo por la Avenida Bolívar, pasando la catedral destruida por el terremoto y el edificio de la asamblea nacional, se alza una docena o más de los amarillos Árboles de la Vida, colocados como centinelas durante todo el camino.

La Avenida Bolívar termina en un largo cuadrado de tierra baldía cerca del lago, dominado por un alto obelisco de piedra señalando el lugar en que, durante sus dos visitas a Nicaragua, en 1983 y 1996, el Papa Juan Pablo II, se dirigió a las multitudes. Al final del espacio abierto hay un vasto escenario con un fondo blanco con bucles. Sobre el escenario hay otro Círculo de la Vida junto a una inmensa y amarilla figura de Sandino acompañado por varios e inmensos Árboles de la Vida. Aquí es donde Daniel Ortega y Rosario Murillo se dirigen al público en los aniversarios de la revolución Sandinista. El lugar tiene una cualidad surreal, algo escalofriante, y en un viaje a Managua el año pasado, me vi atraído por ese sitio varias veces. Una tarde, observé que unas personas -un vendedor de helados, un par de atletas, un par de mujeres yendo de la casa al trabajo- se alejaban de los Árboles e, inevitablemente, se daban la vuelta en silencio para mirarlas fijamente, como hipnotizados. Los Árboles de la Vida estaban apareciendo por toda Managua. Aquí y allá, bajo los ojos vigilantes de los sol dados, obreros en overoles estaban soldando más de esas gigantes estructuras de metal, y pintándolas con spray amarillo, para erigirlas y añadirlas a la creciente floresta de árboles artificiales de la ciudad. Me pregunté si, para la Primera Dama, los Árboles de la Vida eran algo así como hacerse tatuajes. Acaso una vez que empezó a erigirlos, sin nadie que la detuviera, y el presupuesto del estado a su disposición para continuar tanto como quisiera, simplemente continuó.


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