CASA NAMATA

verde que te quiero verde

¡Bienvenidos a la casa Namata! Sáquense los zapatos, brindemos con caipirinhas, siéntase como en su casa. Joao Gilberto suena en el estéreo.


Abandonamos el desquiciante bullicio paulista y partimos hacia la libertad, que este fin de semana no solo promete los gloriosos horizontes del Atlántico sino, en plena costa, a la selva amazónica todo su esplendor. ¡Bienvenidos a Guarajá! Sacamos las chancletas, pedimos caipirinhas, ponemos a Gilberto en el estéreo. “Tampoco tanta comodidad, tenemos una invitación”. Ele. Al parecer lo que hemos hecho es intercambiar un ajetreo por otro: ahora las hojas de palmeras riñen con las castañas, las ranas compiten salto largo sobre los helechos y los pájaros ensayan su sinfonía, de corte experimental. En cada rama el festín simultáneo: por lo menos tres escalones de la pirámide alimenticia están atragantándose con su presa respectiva. No va a dejar de paramar. Y en tanto y sin avisos, tres bloques heterodoxos parten el paisaje y sus propietarios nos invitan a pasar.

¡Bienvenidos! Sáquense los zapatos, brindemos con caipirinhas, siéntase como en su casa. Joao Gilber-
to suena en el estéreo. “Ah, pero este sitio está muy bonito”, decimos, sin ningún ánimo de que se interprete como “muéstrame cada cuarto” sino como “ensé- ñame el sofacama, despiértame el domingo”. “Muy sofisticado”, agregamos, contemplando los sillones

de chinchilla y los LEDs empotrados en el estuco. “Ni mucho menos”, responde el anfitrión. “¡Es la jungla en sí misma!” Nos cuentan que se mudaron hace menos de dos años y para entonces ya entendemos que el tour es inevitable. “No entendemos por qué no se quedan a dormir”. Pero si somos sinceros, conforme recorremos la casa y los prospectos se vuelven más alentadores. La verdad es que era un sitio bien especial.

Lo que vimos es esto: tres bloques abiertos en la jungla y la selva escurriéndose en cada habitación. De entrada todo estaba dado la vuelta: entrabas por los cuartos y te encontrabas con la piscina en la terraza de arriba. Cada cuarto estaba revestido de madera, que, nos dijeron, tenía la procedencia de esta misma selva, “como para acentuar la conexión entre adentro y afuera”. Era como si estuviésemos dentro del árbol; como si hubiesen domesticado al Amazonas para nosotros. Paseamos en medio de las plantas de nuez, vimos la sombra proyectada según los contornos de las copas, nos lanzamos a la piscina saltando desde el jardín.

Al mismo tiempo, la geometría de la estructura le confería a la casa un ambiente mucho más moderno que nuestro cuarto en el hotel. Será que el inmobiliario también hacía de las suyas: los diseñadores correspondían a

Campana, Patricio Urquiola, Eero Saarinen, Jean-Maria Massaud y Gervasoni; la anfitriona nos los señalaba a cada pocos metros y a duras penas podía contener su entusiasmo. Cuando al fin nos dejó sentarnos, había dejado de llover, pero en cambio los ecos de la selva nos sorprendían desde todos los costados. Después, escuchábamos las olas del Atlántico. Después, el chismoseo habitual. “Ahora sí las caipirinhas”. ¿Cómo no íbamos a quedarnos? Esta no es la sección para narrar semejantes intimidades, pero sí podemos contarles que ese ajetreo de bosque lluvioso nos devolvió una paz que no habíamos en años. Ni bien salimos, nos sobretomó la melancolía, ahora acompañada de ranas de colores y el murmullo de la brisa.


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