Clases de Botánica

un cuento de Carlos Vásconez

A partir de ese instante empeñó todos sus sentidos en el cuidado constante y enfermizo del jardín. A las flores no solo las llamaba flores sino les otorgaba nombres de mujer como Luisa, Greta o Amanda.


La primera enseñanza que tuvo Enio en su vida fue que la vocación original de los hombres es la jardinería. Veía a su padre y a su madre cuidando las flores, regándolas al detalle, nutriéndolas con palabras y melodías cariñosas, que no tardó en enloquecer de celos.
–Las plantas son asesinas de abejas –comentó abruptamente en la mesa ante el estupor de sus padres y su hermana Cecilia.
–Hijo –respondió su padre en tono condescendiente–, las plantas son hadas.
Por primera vez su pensamiento acerca de esos seres horrendos que pueblan los jardines tuvo un vuelco significativo. Al día siguiente, antes de que rompa el alba, salió al jardín y se disculpó con cada una de ellas. Cecilia había despertado y lo miraba desde la ventana de su dormitorio algo perpleja, algo soñolienta.
A partir de ese instante empeñó todos sus sentidos en el cuidado constante y enfermizo del jardín. A las flores no solo las llamaba flores sino les otorgaba nombres de mujer como Luisa, Greta o Amanda.
–¿Por qué no llamas a alguna Cecilia, como yo? –interrogó su hermana, fingiéndose enfurruñada, manos en la cintura.
Enio la vio de pie, ahí, como una flor que le reclama a su abeja los tratos justos.
Se le llenó el cutis de un rubor desconocido. No dio con viento que lo descoloré.
Nadie supo las razones, pero así como las cuidó por algunos días las descuidó de la misma forma, súbita, rauda, inquietante.
Años después se supo de Enio, el colorado, varias versiones. Su burdel era un encanto. Colgaban lianas y ramas de árbol. Atraía a turistas del sexo, excéntricos, a enfermos incurables, a escritores e investigadores, incluso a mujerzuelas vocacionales que parecían mendigas. Era una casa de citas y él se acostaba con la misma chica. Casa de citas muy particular, donde las mujeres, aseadas, lindas y dulces, tenían apodos con resonancias botánicas. La suya se hacía llamar Laurel. También estaba Rosa, Jazmín, Flor, Canna India y Hortensia. El rostro de Laurel estaba salpicado de pecas y poseía unas manos de dedos finos y largos. Ese detalle de los sobrenombres provocó un chiste secreto y común –que además servía como justificación a las tardanzas entre colegio y hogar– entre los jóvenes que luego de las clases de rigor, con sus uniformes escolares de chaqueta y corbata, concurrían a “clases de botánica”. Muchos estaban perdidamente enamorados de sus chicas. En varios casos ni las cambiaban, pagaban por la misma hasta extremos de obsesionarse y robar para ellas, quienes los recibían encantadas de que no fueran viejos ricachones y borrachos que van a suplir con ellas el frío cotidiano de las sábanas maritales.
Para sus padres y para Cecilia Enio dejó de existir en el año 2011. Fue en el 2017 en que una chica nueva, que se hizo llamar Lantana, empezó a figurar entre sus concubinas. Por primera vez una mujer llamaba la atención de Enio aparte de Laurel, a quien llenó la mente con imágenes obscenas y la boca tristes palabras impronunciables: “¿Te siembro?”, y cosas de ese talante.
La operación estética de Cecilia fue impecable. ¿La costearon en parte sus padres? En Lantana no cabía Cecilia, pero sí Enio. Esa era su forma de ser violenta, su forma de vengarse en nombre de sus padres y la forma, maquiavélica, en que se desquitaba por el terrible espectáculo que su hermano mayor, sabiendo que ella husmeaba, le hizo ver más una vez: esa forma tan suya de regar las plantas con su simiente.

TE RECOMENDAMOS