KWANG-HO LEE

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NO, NO SON FOTOGRAFÍAS. ESTOS ÓLEOS, HÍPERREALISTAS Y ABSTRACTOS AL MISMO TIEMPO, LE RINDEN TRIBUTO A LA FAMILIA MÁS INCOMPRENDIDA DEL REINO VEGETAL.


Dudamos de los manuales de autosuperación, pero en cambio no nos perderíamos un talk show en el que los invitados sean cactus. “Jasminocereus, adelante”. Aplausos. “Nací prácticamente deshidratado”. Cada capítulo, una nueva odisea de dolor: sería el martirio melodramático perfecto. Pero vendría con recompensa. “¿Puedes bajar las luces, por favor?”. Y que florezca allí mismo, en televisión nacional, y que lo polinice un murciélago y que ese mismo rato vuelva a marchitar. ¡Llanto asegurado!

La moraleja es esta: la vida no es jodida, piensa como un cactus. No hay temor al olvido, a la sequía, al depredador vertebrado. Tu cuerpo es un reservorio del recurso más valioso del desierto, pero te tiene que durar por años. ¿Cómo lo proteges? Recúbrete de espinos y despídete de todo contacto social: ese es el reclamo que requiere la supervivencia, y si no te gusta tienes una vida entera para reclamar; total y casi todas las noches van a ser más o menos igual. Y sin embargo, sigues allí, estoico, implacable: la vida que desafía a la geología desde hace miles de millones de años y que se ha empeñado en reclamar tierras que el planeta creyó haber decretado inhabitables. Habrá quien diga que les falta sensualidad, pero por lo menos se han asegurado nuestro respeto.

“¿Habrá quien diga qué?”, dice el curador encubierto, e insiste a que acudamos a una nueva fantasía.

Al parecer, un artista surcoreano se ha pasado años capturando las texturas de cactus de todos los tipos y ha llenado las paredes de su galería como si se tratase del más seco de los invernaderos. “Parecen de verdad”, decimos, pero no se trata solo de eso: por un lado la técnica es híperrealista, pero los especímenes son surreales. De esa forma, Kwang-Ho Lee se permite inventar nuevas formas y pigmentos no solo gracias a su paciencia extraordinaria (tenía que ser asiático) sino a través de todas las técnicas de pintado: raya las cerdas, frota los pinceles, tamborilea sobre lienzo. Lo que queda, más que una muestra botánica, es un pequeño mar abstracto. “Lo que hace Lee nos pone a cuestionar el mismo acto de pintar”, nos dice una crítica maravilla- da, mientras se acerca y se aleja para contemplar las pinceladas, apenas más gruesas que alguno de sus cabellos.

Kwang-Ho Lee acaba de cumplir 50 y desde hace 15 años ha expuestos sus creaciones en los museos más prestigiosos del sudeste asiático. Dice que su propósito como pintor es revelar las verdades fundamentales que subyacen las imágenes de nuestra vida cotidiana. Es cuestión tuya si estas figuras te parezcan monolíticas, fálicas o zoomorfas: la clave es escuchar a los cactus, que por más discretos que parezcan se la han arregla- do bastante mejor que nosotros en el arte del sufrir.

 


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