POLO RED

EN NO GYOJA

por: por: patricio toledo :: ilustración: xavier cuenca

Soy un caminante: busco en las montañas la verdad
y busco también a aquel que pueda develármela. Ya escuché de él, de la profundidad de sus palabras, de la verdad escrita en su ojos. Partí en búsqueda de En no Gyoja, el sabio. ¿Y adivinen qué? Lo encontré.
Decidí salir de mi casa cuando era pequeño. Había aprendido de mis padres a cuidar lo que nos rodea, el sol, el agua, las montañas. Hice mis votos de asceta, subí a los picos más altos, puse a prueba mis límites y por momentos experimenté la paz. Como no me pareció suficiente, decidí salir a buscarlo.
En la isla de Oshima busqué la cueva donde se me dijo que lo encontraría. Al pasar por un riachuelo, encontré a un hombre de edad avanzada, pobremente vestido, ligero como una pluma, de aspecto descuidado. Le pregunté si sabía cómo llegar a la gruta del sabio En no Gyoja, y me dijo -Si me das algo de comer te lo cuento-.
Le ofrecí un pedazo de pan que llevaba en mi morral. Lo comió apresurado. -¿Qué es lo que buscas, joven?- Sin reparo le comenté que buscaba al sabio, quien encontró en la naturaleza la verdad, quien vive de resina de pino y bejucos, quien lo abandonó todo y se hizo uno con lo verde. Me miró despreocupado y se encogió de hombros. No le dio mucha importancia.
Emprendí mi marcha en busca de la cueva y el anciano decidió acompañarme. En el camino hablamos de cosas simples y espirituales. Pensé que el viejo hablaba demasiado, pero una de sus ideas se quedó dando vueltas en mis adentros.
“Todos somos uno con la naturaleza. Estando aquí no puede ser de otra forma. Si miras a tu alrededor la verdad es simple, es clara como el agua y verde como las hojas. He escuchado que el sabio está loco, y que es un brujo: toma cuidado, pequeño monje, sobre quién sabe y te hechiza. Dicen que es grande como las deidades naturales, experto shamán, y que sus poderes se asemejan a Fudo Myo-O y Dainichi Nyorai. Te digo algo jovencito. Si buscas no encontrarás; si persigues la iluminación, jamás la obtendrás. Aquí todo es sencillo, respeta la vida que existe y ella te respetará. En este lugar todos somos uno solo, no hay mucho más que decir”.
Continué mi peregrinaje. Tenía la convicción de que algo grande me sería develado. Cuando llegué a la cueva del sabio, nada encontré. Pasé noches esperando a que apareciera; era un gruta vacía, nada había en ella. Estuve tan molesto que pensé desistir de todo, abandonar mis votos, volver a la ciudad y hacerme un tipo común.
En la mañana del cuarto día, medité unas horas fuera de la cueva. Cuando el sol comenzaba a dar luces, pude ver el horizonte. Vislumbré el verde de la montaña que lo cubría todo; escuché el sonido de las aves y sentí el cauce que corría por el arrollo. Entonces presencié la verdad. El sabio ya no está, no hace falta, la iluminación está siempre con nosotros, con sus pequeñas intermitencias en lo cotidiano, en lo simple, en lo mundano. La vía de los poderes de la que tanto me habían hablado me pareció que era tan simple como esa: sin naturaleza no hay nada.
Soy un Yamabushi, vivo en la montaña. Comparto con quien quiera escuchar mis enseñanzas, camino con quien quiera caminar, y como bejucos y resina de pino.




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