AZUMA MAKOTO

in bloom



UN FLORISTA JAPONÉS SE HA ENAMORADO DE LAS FLORES. ASÍ LUCEN SUS AFECTOS.


Tennyson lo puso más o menos así: “Pequeña flor, si yo pudiera entender lo que eres, raíces y todo, podría entender qué es Dios y quiénes somos nosotros”. Todavía no entendemos. Tras los sépalos se esconden todo tipo de misterios: la belleza, la sexualidad, la vida como la conocemos. A falta de otro sermón más convincente, remitámonos a lo que dicen los científicos: pura intención de seducción. Hace 150 millones de años, los dinosaurios ya extintos, las plantas buscan un modo de reproducción más eficiente que regar sus semillas por el viento y descubren que si se vuelven muy, muy atractivas, los insectos perderán la cabeza y dejarán todo para polinizarlas. Brotan nuevas flores y las visitan nuevos insectos. ¿El resultado? El verdor inagotable del paisaje se transforma en panorama psicodélico, la evolución se acelera exponencialmente y las dicotiledóneas se toman el planeta.


Según Borges, lo que dice Tennyson es que cada objeto está conectado con todos los demás. No es momento de ahondar en las implicaciones; por lo pronto, quedemos en que es natural que las flores también nos seduzcan a nosotros. Pero, ¿en qué medida? Bueno, tomemos el caso
de Azuma Makoto, que hizo su primer arreglo cuando seguía en el colegio y quince años después es el floristero más famoso del mundo. Nunca pretendimos dar terapia a su relación, pero sus revelaciones nos preocuparon un poco. “Durante 365 días al año, trabajo con flores, me confronto con flores, pienso sobre flores. No tengo feriados ni vida privada. Sé que son preciadas, sagradas, hermosas, y que cada que corto su tallo trato de rendirles el tributo que merecen”.


Su base de operaciones es el jardín des fleures, en Tokio, y cada pocos meses nos deslumbra con otro experimento sensacional: enviemos un arreglo al espacio, sumerjamos un bonsái en el Ártico, congelémoslas, esculpámoslas, hagámoslas explotar. “Lo que hay que tomar en cuenta con la flores es que son efímeras: cada día que pasa, ellas envejecen diez años”. Así, Azuma debe trabajar con precisión extraordinaria para otorgar nuevas formas de expresión a sus amigas. Pero nos corrige: “he visto que en Occidente la relación con las plantas es más casual, más amistosa. Acá son veneradas. Por ejemplo, tenemos un árbol llamado Goshimboku, y lo tratamos como a un dios.” Eso explica muchas cosas, pero por ahora dejemos el entendimiento de lado: las seductoras han florecido, y en cualquier momento volverán a marchitar.


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