STEPHEN SHORE

look again



NUNCA NADIE HABÍA IMAGINADO QUE UNA FOTO DE COLOR PODÍA IMPACTAR TANTO DE ESA FORMA. CUARENTA AÑOS DESPUÉS, SU OBRA ES MÁS RELEVANTE QUE NUNCA.


Acá una idea revolucionaria: sácale la foto a tu desayuno y pégala en esa pared. Al lado pega la foto de ese letrero, al lado la fachada del motel. Un teléfono de cuerda tras la vitrina. Huevos fritos, inodoros, tazas de café; una al lado de la otra y luego en filas, de tal manera que formen una cuadrícula y también formen un diario visual de la estadía. “Me dije: podría hacer esto el resto de mi vida”. Muy bien, acá la complicación: estás en plenos setentas, la pared es del MoMA, y nadie va a tomarte en serio porque -escuchen esto- las fotos son a todo color.


¿Queremos decir que Stephen Shore, todo porfiado, inventó Instagram en esa exposición? No nos atolondremos. El antecedente es que, pese a que sus fotos lucían espontáneas, Shore no era ningún novato tras la cámara,
y en su currículo ya constaban tres años en The Factory, epicentro artístico sesentero neoyorquino. “Lo que me impresionó de ese lugar era ver a Andy Warhol tomar cientos, miles de decisiones artísticas, rodeado de decenas de personas que venían para divertirse. Era el anfitrión y creaba arte íntimo al mismo tiempo, como si canalizase la energía de todos nosotros en sus obras”.


Años después, en vista de que sus amigos se habían mudado a Amarillo, Texas, se llevó una cámara de instantáneas y se puso a documentar las que él mismo denominaría superficies americanas. Se veían bien gringas, ¿pero eran artísticas? Los críticos las despreciaron, pero Shore les respondió instalando el trípode en la vereda e intercambiando su cámara Mickey Mouse por una 8×10 de gran formato. Lo que nos impresionó a nosotros es su manejo erudito de la composición: Shore era capaz de tomar la intersección más aburrida de un pueblo cualquiera y revelar escenas poderosas, en las que cada elemento -el edificio, el letrero, el peatón; el cielo despejado siempre tan azul- se convierte en otra hebra de su compleja trama geométrica. Regresamos a la calle y en la ordinariedad de la cinco de la tarde nos encontramos con un festival visual alucinante. ¿El arte es para eso? “En parte”, dice Shore, pero se va por otro lado. “¿Sabes? Me pidieron que sea juez en un concurso de fotografía de instagram. Y mu- chas fotos venían impregnadas de este manso pictorialismo, mientras que en sus cuentas personales los mismos participantes mostraban fotos más directas, que no querían conmover a nadie sino expresar lo que vivían ese momento. Y, te digo, lucían mucho más emocionantes”.

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