JAMES DEAN



“Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia”. El Principito, 94.

Ni Marlon Brando como Johnny en la agitada “Salvaje”, ni Elvis con sus movimientos arrebatadores pudieron igualar la carga que llevaba James Dean, que representó la melancolía, la soledad y abulia de toda una generación en busca de sí misma y se vio obligado a encarnar el arquetipo del rebelde de la época. Rebelde: etiqueta bien ganada no solo por los personajes a los que interpretaba sino por el parecido con ellos en su cotidianidad, haciendo que en ocasiones fuera difícil trabajar con él por resistirse a seguir las “reglas” de la actuación, un guion al pie de la letra o por tomarse la vida “a la ligera”. Su simbolismo es tan popular que logró eternizarse en este estereotipo y colarse en gene- raciones posteriores. Muchos años después, el mismo Morrissey le referenciaba en el videoclip de “Suedehead” y además le dedicaba un profundo ensayo de cinco capítulos: “James Dean no ha muerto”.

Entre 1954 y 1955, rodó “Al Este del Edén”, “Gigante” y “Rebelde sin causa”. Obtuvo nominaciones a los premios Óscar -frutos, en parte, de su paso por el Actor ́s Studio- y la gloria mediática lo envolvió. Sin embargo, fue ese brutal accidente en su “Pequeño Bastardo”, un Porsche Spyder, lo que le elevaría a leyenda.

Su muerte, a sus tiernos 24, en estrecha relación con su vida, siempre trágica: orfandad materna a los nueve años; abuso infantil por parte del sacerdote de su iglesia -según confesaría años después Elizabeth Taylor-; la búsqueda de la fama que suele devenir en eufemismo de aceptación social; un amor truncado con Pier Angeli, quien años después se suicidaría. Todo este rosario de experiencias extremas hicieron de él ese héroe “necesario” sobre el cual toda una generación elevaría su cada vez menos silenciosa voz y sobre el cual pulularon cientos de anécdotas y las más variopintas historias, muchas de ellas a lo Eerie Indiana.

“Rebelde sin causa”, la película ícono de James Dean, fue dirigida por Nicholas Ray y adaptada del libro del Dr. Robert Lindner: “Rebelde sin causa: el hipnoanálisis de un psicópata criminal”. En ella, Dean personifica a Jim Stark, un joven problemático con dificultades para convivir con sus padres, repleto de dudas existenciales y con el estigma de ser el nuevo del pueblo. Ahora, la pregunta de rigor: ¿Qué tenía este personaje (¡Jim, James, Jimmy!) que no solo apasionó a los jóvenes de la década sino que lo convirtió en estandarte de su rebeldía?

Tanto en EE.UU, con el rock and roll; como en Francia, con los postulados del existencialismo de Sartre y el absurdismo de Camus, se esgrimían enunciados en defensa de la libertad individual. Ya con el look beat de Jacques Kerouac o con el negro absoluto de Juliette Gréco, desde las artes se promulgaba una vestimenta que se traducía en contracultura y se venía cocinando un estado sin precedentes de rebeldía generacional. Los años cincuenta, al ser años de posguerra, trajeron a Occidente gran vigor económico. Tal progreso tuvo su mejor espejo en el mundo de la moda con el “New Look” de Dior, con un despilfarro impresionante de género textil.

Por el otro lado, los “vaqueros”, creados a finales del siglo XIX específicamente para el proletariado, llevaban como connotación la imagen del obrero, lo que consiguió la condescendencia de intelectuales y de los jóvenes de la década, quienes en afán de cortar el cordón umbilical con sus padres, comenzaron a rechazar- los públicamente intentando romper el hilo de imitación. Donde antes las madres vestían a sus hijos como sus padres y a sus hijas como ellas mismas, comenzó a fomentarse el afán de una búsqueda de identidad propia.

El drama generacional fue exportado a “Rebelde sin causa”. Este Jim que en un principio viste pantalón de tela tweed y americana como su padre -por quien ha perdido la admiración-, en su angustia existencial, busca una forma de expresarse que le sea propia, que traduzca su desdén. El look que le confiere Moss Mabry, vestuarista del filme, cala perfectamente: una cazadora roja con el cuello subido, botas con puntas desgastadas y un par de vaqueros, considerada la prenda de la rebelión hasta los ochentas, banalizada por la industria en los noventas (a pesar del grunge), y hoy en día vuelta prácticamente carne, peligrosamente sentido común. He aquí la mezcla perfecta, un héroe joven encarnando un antihéroe en un par de blue jeans. El resultado: la tendencia de la rebeldía.

 


TE RECOMENDAMOS

  • Dejamos un momento los vestidos sofisticados y nos concentramos en una prenda colgada en todos los vestidores. 194 páginas dedicadas…

  • Mensajes geométricos llenos de actitud y giros inesperados escondidos en el símbolo obsesivo que impregna su obra: las calaveras. Una…

  • Los personajes dulces que se portan mal. Algunas personas descubren su pasión de niños, otras exploran varios caminos antes de…