Kerouac, el santo de la ruta

  • por cicco
  • ilustración carmen lu páez


Todo río tiene su origen. Todo profeta tiene su Biblia. Y todo movimiento tiene su santo patrono. El santo patrono de la ruta, aquel que transformó el asfalto en pulso poético, la rueda en sinónimo de libertad, que concibió el movimiento permanente como metáfora de vivir con un pie en el acelerador, nació en Lowell, Massachusetts en 1922. Pero recién a los 35 años la ruta le dio su canon de santidad. En ese año, Jack Kerouac publicó “En el camino”, la novela que hizo del viaje un modo de pararse -o mejor, de rodar- ante la vida.

De chico ya lo tenía claro: “Quiero ser un aventurero”, le decía Jack a sus amigos. “Quiero ser un viajero solitario”.

Kerouac escribió “En el camino”, sus andanzas de pueblo en pueblo, a dedo, regadas de alcohol y música, en una maratón febril de poco más de tres semanas. Su método de escritura a velocidad rutera tenía un sentido profundo: Jack estaba convencido de que cuanto más rápido escribiera, mejor asomaría su voz original. Para escribir sin parar, se mantenía despierto con Bencedrina. Su mujer lo veía transpirar tanto que, durante el día, debía acercarle varias veces remeras limpias y, sobre todo, secas -las colgaba a lo largo del departamento para que se secaran más rápido-. La primera semana, Kerouac escribió 34 mil palabras. Diez días más tarde, llegó a 86 mil. El 27 terminó la novela, escrita, para no perder tiempo, en un solo rollo de papel de 36,5 metros de largo. Corregirla luego le llevaría cuatro años. Pero allí dejó todo. Y le puso al viaje el corazón que estaba anhelando.

A la par, en su derrotero, iba su nuevo amigo, Neal Cassady, un loco que había estado en la cárcel y que le propuso recorrer el país a través de la legendaria ruta 66, a bordo de quien quisiera recogerlos. “Dean (el nombre ficticio de Neal en la novela) es el mejor compañero de ruta”, lo retrató Kerouac en la novela, “porque él, en verdad, nació en la ruta cuando sus padres pasaban por Salt Lake City en 1926.”

En la portada de la edición que tengo de “En el camino”, del sello Penguin, hay una foto en la de Neal y Jack de aquella época que quiero, si me lo permites, describírtela. Ambos llevan jeans, jopo y tienen las manos en los bolsillos. Pero la diferencia de actitud es llamativa: uno tiene el rostro torcido, cara de matón, el gesto de alguien poco antes de hundirte el cuchillo. El otro, en cambio, parece un santo cristiano de regreso de un retiro en el monasterio. Siempre pensé que Kerouac era el primero, el diablito. Lo mismo que les sucedió a infinidad de reporteros que creyeron que el personaje de Dean era su alter ego. Luego me enteré que el fuego, el puñal y la mirada acechante eran las de Cassady, el verdadero espíritu rutero de la novela.

Para Neal y Jack viajar era como el jazz: un torrente de improvisación sobre un esquema. El esquema es la ruta. La improvisación, dejarse llevar por la sabiduría que pone Dios en cada mapa.

Jack y Neal atravesaron el país de punta a punta, yendo a conciertos de jazz, metiéndose en problemas, borracheras, ligando con chicas y, en especial, filosofando a 200 km por hora. El sueño americano, estaban convencidos, se vivía con las manos al volante.

A decir verdad, Kerouac no tenía nada que ver con la locura que luego le endilgaron, como parte del movimiento beat. Él venía una de familia conservadora, cuyos padres llegaron de Québec, Canadá. En su casa se hablaba en dialecto -el joual-. Y él, que había sido una estrella del fútbol americano juvenil -acabó su carrera peleado con su entrenador-, se consideraba a sí mismo un místico solitario católico. O sea: nada que ver.

Kerouac fue franco: decía que, hasta que no conoció a Cassady no se había animado a viajar. Hasta entonces, había publicado una sola novela que pasó sin pena ni gloria. Y si bien ya había empezado a experimentar con drogas, nunca había experimentado con la ruta, ese bautismo de fuego que todo lo cambia.

“Gracias a su novela ‘En el camino’, se vendieron trillones de jeans Levis, y un millón de máquinas de café espresso y también el libro lanzó a infinidad de chicos a la ruta”, dijo William Burroughs, su amigo, para expresar el impacto del libro que transformó a una generación desesperanzada, en viajeros existenciales sin brújula y sin destino. “La locura, la inquietud, y la insatisfacción estaban allí, esperando a Kerouac para que les señalara su ruta”. Aún hoy, a casi 60 años de su publicación, En el camino sigue cargando el tanque de combustible de miles de nuevos lectores. Miles de almas eterna mente jóvenes que saben que la libertad, si no es sobre ruedas, no puede llamarse libertad.


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