Lárguese quien pueda

  • por sandra barral
  • ilustración xavier pérez


La culpa la tuvo un instante que me supo a encuentro cercano con la muerte. Fue hace unos ocho años, un tiempo en el que tenía una vida en perfecto orden y un viejo sueño atragantado que solía desordenarme a menudo; con el que coqueteaba más de la cuenta, pero no me atrevía a abrazar. Entonces, mientras sentía que había llegado mi último día, pensé: “me voy sin haber hecho lo que siempre soñé”. Al día siguiente concluí que no podía seguir postergando la tarea de serme fiel a mí misma.

La sociedad en la que vivimos pareciera hacer su mejor esfuerzo para que vivamos atemorizados, como auténticos desconocedores de nuestra propia esencia, como repetidores de un modelo que cada vez produce más infelices. Pero nunca falta quien escapa del rebaño, aunque sea por un ratito, para contarnos “qué pasa si…” ¿Qué tal dejar el trabajo y hacer un viaje de larga duración sin el uniforme de turista? ¿Qué tal un poco de aventura antes de que nos sorprenda la muerte con su infortunada visita? Conozco a un ejecutivo alemán que estuvo recorriendo Latinoamérica durante un año con la mochila al hombro, también a un ruso que se internó en una comuna hippie en Andalucía, y a dos franceses que, aburridos de sus rutinas, hicieron una pausa de seis meses para descubrir Asia, alternando el camping con el voluntariado en granjas. Todos quieren repetir.

Hay muchas formas de viajar; entre ellas, ir a la deriva por tiempo prolongado, explorando destinos al ritmo de los antojos del corazón. Antes que una excentricidad es una experiencia de utilidad crucial. Debería ser una asignatura obligatoria en la llamada escuela de la vida. ¿La razón? Es imposible conocerse a fondo si no se sale del mismo paisaje, si nos acomodamos en la inercia. ¿Cómo ser felices si no sabemos quiénes somos? ¿Acaso no nos estancamos al conformamos con un solo guion?

Por eso, y como no morí aquella madrugada, me tomé un par de años sabáticos para vivir sin plan, errante, a miles de kilómetros del que había sido mi hogar. Nunca imaginé que trabajaría en la construcción de un gallinero, que colaboraría con jóvenes con problemas de visión o que un perfecto desconocido me alojaría gratis por por meses en su casa a cambio de que le hablara en español. Todo lo que hice fue fantástico, incluso lo que no me gustó. Sin embargo, eso que hice fue lo menos importante.

Valiosa sorpresa resultó entender cuánto miedo puede causar la libertad. En mis largas vacaciones aprendí la diferencia entre tomar decisiones pensando en lo que se puede ganar, en lugar de temiendo a lo que se puede perder. También aprendí que las posesiones llegan a convertirse en un peso que resta alegría. Ser y estar ligeros de equipaje es un arte que produce muchas satisfacciones.

Es igualmente aleccionador poder ver y verse con otros ojos. En ausencia de los nuestros y de lo que es familiar, cuando ni siquiera se posee el idioma adecuado para comunicarse, nos descubrimos auténticos como nunca antes. El extranjero es un espejo que nos desnuda, es un escenario de revelaciones. Al final del viaje, quizás con los bolsillos vacíos, entendemos que somos infinitamente más ricos.

Con mente abierta, improvisación y confianza, expectativas al mínimo y curiosidad al máximo, pronto se concluye que el mundo está lleno de almas generosas de las nacionalidades más diversas, que no es necesario ser millonario para recorrerlo, y que superar el apego te convierte en otra persona, en alguien mejor. Quien se abre a recibir, recibe con creces.

Hay experiencias transformadoras, y entre ellas, pocas como los viajes. Vivir en otros países y experimentar culturas diversas permite aprender sobre los propios límites, sobre fortalezas y habilidades desconocidas. Hay periplos que sanan y sensibilizan, que llevan a reordenar prioridades y tener una vida más equilibrada. No en vano siempre invito a volar, a dejar la razón en el cajón de la oficina y vagar un rato por el mundo, con escaso equipaje y un plan low cost. Invito a escuchar las voces de otras tierras y a las propias justo cuando se está bien lejos de lo conocido. Si se presta atención, la travesía acabará siendo una colección de regalos invaluables, una escuela única. Eso como mínimo. En el mejor de los casos, largarse es salvarse.


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