Menos biberón y más control remoto

  • por: cicco
  • ilustración: d7 design


Los historiadores no saben cómo definirla. Los académicos cada vez que la mencionan, ponen el grito en el cielo. Y nosotros, que la vivimos, damos un suspiro: uf, esos diez años nos han transformado por completo. Semejante alboroto es lógico. Los ochenta fueron la década en la que todo dejó de tener sentido.

Remóntese un poco hacia atrás y lo verá con sus propios ojos. En los 70, al menos, el mundo estaba polarizado, pero tenía un sentido. No era nada bueno, pero existía un muro, dos bandos y una lucha sin cuartel entre comunismo y consumismo. Así como los que crecieron en los 60, mamaron el amor y las drogas, la libertad y, bueno, aún más drogas, los que se criaron en los 70 se inocularon con Marx y el romancisimo bélico del Che. Nosotros, crecidos con la década del 80, nos enchufamos a la tevé: la primera generación que mamó más rayo catódico que leche materna. Menos biberón y más control remoto. Fuimos los primeros niños en quererlo todo porque descubrimos prematuramente el sabor del bombardeo publicitario y el apetito que deja al final del día.

Fuimos la primera generación que descubrió que la vida es una rara combinación de una serie tras otra. Criarse en los 80, era sacar a tu abuelita y poner la tele en su lugar. Gracias a Misión Imposible –tres temporadas al aire, 35 episodios, concluimos que todo lo importante en esta vida se autodestruirá a los pocos segundos. Uno adoraba al pequeño Arnold, ese gordito cachetón, de Blanco y Negro 189 capítulos, 8 temporadas, ver el destino fatal de cada actor de la serie, desde pornografía hasta prisión, fue uno de los grandes karmas de todo ochentoso. Ser de los ochenta era tener en miniatura el cochecito de Kit El Auto Fantástico 90 episodios, 4 temporadas. Kit fue el primer coche más inteligente que el ser humano, una tendencia que, en el futuro, se acrecentaría: autos cada vez más capaces, y seres humanos cada vez más idiotas. Y, si eras varón en los ochenta, lo más cool era pedirle a mamá que te haga un saco blanco como el que usaba Don Johnson, el detective rubio de División Miami, que se llevaba todas las chicas –o, si eras más osado aún, pedirle el cocodrilo que tenía de mascota. 111 capítulos y 5 temporadas al aire, y todas ellas con el mismo saco.

Qué década, mis amigos. Había tantas series que uno no podía hacerse fan de todas y a veces, tenías que esperar a los 90 para descubrirlas. Gracias a héroes animados, musculosos como Thundercats y He-Man, uno podía sentir que tomando el cuchillo para trozar pollo de mamá, con una buena melena y diciendo las palabras correctas, eran suficientes para poner a los malvados maléficos en
su debido lugar.

Y claro, los ochenta eran también una revelación del otro mundo: V Invasión Extraterrestre, la primera miniserie que nos advirtió que los alienígenas, podían ser mucho peor que nosotros, lo cual les representaba un esfuerzo bárbaro, y, para ganar la competencia entre otras truculencias, se devoraban roedores en la merienda.

Los ochentosos creíamos en la bondad de la policía, qué ilusos, y hasta pensábamos que, gracias a Chips –que arrancó a fines de los 70 y llegó hasta el 83–, el dúo motorizado, nada mejor podía pasarte en la vida que toparte con una patrulla en moto, sobre todo, si uno de ellos era latino.

Una vez mamá, me atrapó a tiempo antes de salir a la escuela y me preguntó: “¿Qué es eso que tenés en el zapato, son dos rollos de mi cinta adhesiva? ¿Te volviste loco? Andá ya a sacártelos”. Y sí, ella había descubierto mi zapatófono casero. El Superagente 86, aún cuando se emitió en los 70, llegaba regurgitada y potenciada en los 80. Pobre mamá. Ella dice que las primeras palabras que dije en mi vida, fueron –no es broma– tomadas del Chavo del Ocho. Como ella no lo veía, vino una prima que sí consumía tele en los 80, y le dijo: “¿No entendés lo que dice? Es “Fue sin querer queriendo” eso es del Chavo”. Mamá esperaba que dijera algo cariñoso y familiar. Pero no, lo mío era pura repetición de gags televisivos. No estaba solo, toda una generación de dementes ochentosos me acompañaba. En aquella década, era común decir “no contaban con mi astucia” (Chapulín), o ante la menor situación, exigir el cono del silencio. El mundo dejó de ser un caos y empezó a ser un KAOS. Gracias a Mc Gyver, confiábamos en que no había dificultad que no pudiera sobrellevarse con un poco de ingenio y alambre. Con Brigada A, aprendimos que si uno encerraba a un puñado de amigos en un galpón–sobre todo, si entre ellos, había un negro punk que viste cadenas de oro, se podía esperar cualquier cosa, hasta que salgan en un helicóptero, ensamblado en una tarde.

La música dejó de ser mero audio y cobró vida. Así descubrimos que Madonna no sólo estaba bárbara, además bailaba bárbaro. Con la irrupción de MTV, y mucho tiempo antes de Art Attack, podía ver la gama de posibilidades que tiene un pedazo de plastilina gracias al clip de “La masa” de Peter Gabriel. Y quedamos pasmados con los muertos vivos de “Thriller” del gran Michael Jackson, que iban perdiendo extremidades en su caminata por el cementerio. Fue el video pop más visto de la historia: heló la sangre de cuatro mil millones de fans.

Nadie que haya pasado por los ochenta, quedó bien de la cabeza. Papá insiste en que, entre el abuelo y nosotros, hubo un salto sideral de valores. Él llama a ese salto agujero negro. “Con el abuelo no podía ni hablar y menos abrir la boca en la mesa”, suele repetir papá. “Y vos y tus hermanos no sólo hablan sin parar, sino que ni me escuchan”. Y ese agujero negro, estoy convencido papá, son los ochenta. La década en que Dios decidió patear el tablero y decir: “Este mundo necesita algo de acción. Démosle diez años de locura galopante que nadie en tienda”. Y aquí estamos, amigos, 30 años más tarde, aún recuperándonos de la resaca.


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