Moverse para sentir el futuro

  • por: natalia garcía
  • ilustración: andrés olingi


Me gusta imaginar el tiempo en una sola línea recta. Uno está parado en el presente; el pasado y el futuro son los sucesivos puntos infinitos que continúan la línea a un lado y al otro. Con la misma intensidad con la que sentimos el pasado en imágenes, recuerdos; con la misma obediencia que ese tiempo pretérito vuelve a uno con olores, sabores; con la misma ternura que se extiende el ayer al momento en el que el tacto investiga, siento también cómo vuelve el futuro; siento cómo aparece el porvenir con el despertar de cada uno de mis sentidos. La sensación viene a mí siempre en el viaje, en el camino, en el recorrido; en las nuevas impresiones que quedan en los sentidos al trasladarse de un lugar a otro.

Se abandona un lugar solo para darse cuenta que los sentidos ya anuncian el siguiente. Moverse es una forma de sentir el futuro.

Ecuador es un conjunto de imágenes que no adquieren coherencia sino en el camino, en el recorrido, el tránsito continuo. Cómo ir del frío al calor, de lo seco a lo húmedo, de bosques tropicales a cadenas montañosas, del río al mar sin dejar de preguntarse: ¿Dónde está el límite? ¿Dónde empieza el uno y termina el otro? Cada camino en Ecuador le deja a uno la sensación de que está en un país que se formó desde lo excéntrico.

Basta recorrer una de las rutas que van de la sierra al oriente, por ejemplo. Arrancar en Guamote cualquier jueves, día en el que este pueblo se convierte en un gran mercado donde los colores tomate, morado, verde, azul, amarillo de la vestimenta de las mujeres Puruhá se mezclan con los intensos colores de la fruta y de la verdura; colores que alteran el entorno helado del pueblo que se sitúa a más de 3000 metros sobre el nivel del mar, pero donde el frío cada jueves pasa desapercibido. Se esconde en los colores, en los sonidos de la gente que habla y que grita en quichua ofreciendo productos, ropa, textiles, joyas, animales; donde un loro parado en una caja de colores predice el futuro y más adelante los comuneros haciendo camino sobre las rieles del tren llegan de todas partes del páramo para vender sus productos y por un momento hacen que uno olvide que pronto sobre esas rieles llegará el tren lleno de viajeros, miles de ojos que llegan a absorber el entorno. Pero Guamote es solo el punto de partida. En solo dos horas y media se desciende casi dos mil metros y se llega a Macas. Lo impresionante es el cambio casi abrupto entre páramo y selva. Los sentidos que de pronto no entienden las órdenes, los pulmones que de golpe reciben mucho más oxígeno, mientras desde la ventana de un auto uno puede mirar cómo el paisaje se transforma, se borran las montañas, las nubes permanecen arriba. Mientras más se baja, el calor y la humedad se anuncian y aparece el espectáculo de vegetación verde y quebradas de agua.

O desviarse en Manabí vía la Sequita en Montecristi y tomar un camino por el que casi nadie va, un camino pequeño de esos que la gente evita para ganar tiempo. La ruta lleva hasta Rocafuerte, pero contiene un extenso bosque seco ecuatorial lleno de ceibos multiformes grandes, medianos, pequeños y cada tanto una iglesia pequeña y colorida, alguna casa alta de caña con mujeres ventaneándose y hombres en las hamacas. Ver todo esto desde el carro no basta, el lugar llama, la gente saluda, sonríe, los árboles demandan ser investigados. ¿Cómo sentir el futuro, cómo alcanzar de verdad el próximo destino sin detenerse a percibir todo lo que nos llevó a él? Los ceibos de cerca son un espectáculo, los algarrobos, los samanes, árboles que parecieran haber podido caminar en algún momento pero que se quedaron detenidos en el tiempo en formas muy diversas y singulares; el aire muchas veces huele a palo santo, y casi no hay sonidos. La vegetación parece agresiva, árida, seca, con colores poco intensos, pero de cerca muestra texturas insólitas como las espinas que tienen los ceibos en sus troncos durante su vida juvenil -el primer cuarto de aproximadamente 150 años o la forma en la que la luz del sol entra por los espacios entre las hojas de un Samán.

O tan solo cruzarse en la vía a la laguna la Mica, en el Antisana, con un infinito campo de nabos, un campo amarillo como los que se ven en las fotografías que vienen en los portarretratos. Instantes en el camino que no pueden describirse en otra palabra que no sea alucinante. Un campo extenso, cuyo fin no se divisa, sino solo en su unión con el cielo azul. Juntos forman una fotografía perfecta donde el contraste del cielo y el amarillo de las flores no puede ser más vivo.

He viajado por el Ecuador de la única manera en la que he podido: escribiendo, investigando, fotografiando y en el recorrido he encontrado nuevas formas de mirar, de sentir, de tocar. He aprendido a viajar no para llegar a ningún lugar sino para absorber cada sensación que brinda el trayecto, para presentir el mar por el olor que llega kilómetros antes, ver la llegada de una fuente de agua del páramo a una quebrada en el bosque de la selva amazónica; alcanzar y sentir la montaña desde los campos extensos que se cultivan en sus faldas; viajo para coleccionar caminos.


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