:: Stacey Rozich :: ILUSTRACIÓN ::



profesión: ilustradora

nacionalidad: estadounidense

www.staceyrozich.com

@staceyrozich

VIAJAMOS AL MÁS ALLÁ Y NOS ENCONTRAMOS CON UN ALBOROTO FAMILIAR. AHORA LA RESPONSABLE DE ESTAS FÁBULAS DECADENTES NOS ACLARA SUS INTENCIONES.

No sabemos si son criaturas mitológicas o si solo están puestos caretas. ¿Lo sabrán ellos? ¿Les seguirá importando? Ellos lucen entretenidos; toman cerveza y comen Doritos. Como les tocó un purgatorio más bien colorido, los personajes de Stacey arman pequeñas tertulias, montan espectáculos modestos y establecen amoríos ilícitos. Se divierten. Y pese a que las leyes de la moral están todo entreveradas, también nos divertimos nosotros. No podemos juzgarlos con demasiado rigor, porque se parecen a nosotros.

“Me gusta mezclar dibujos para niños con situaciones adultas”, nos dice Stacey, que nació en Seattle, vive en Los Ángeles y que hace como cuatro años que decidió renunciar a su trabajo de mesera para dedicarse de lleno a su arte. ¿Arte? “Es un tema interesante. ¿Cuándo es ilustración y cuándo es arte? La tecnología cambió todo eso. Me parece que las barreras son más difusas que nunca: ves revistas graficadas por artistas y exposiciones de dibujantes. Yo me siento más ilustradora, pero también quiero que cada escena lleve varias capas de significado, que puedas verlas varias veces y te sigan diciendo cosas”. Así, sus viñetas van impregnadas de su humor un tanto oscuro, de comentarios políticos mordaces y de pequeños descubrimientos sobre nuestra propia naturaleza que hubiésemos preferido dejar escondidos.

Pero regresemos a superficie. ¿De dónde salen los atuendos eclécticos con los que estos individuos acuden a sus rituales? Para empezar, Stacey nos cuenta que tiene parentela croata, y desde chica se obsesionó con el arte popular de Europa del Este. Sus primeras postales eran fieles representaciones de demonios folclóricos búlgaros y yugoslavos. Pronto su curiosidad se extendería a las culturas del resto del mundo, y es por eso que nos encontramos con ponchos cherokees, patrones africanos y calaveras mexicanas. Y junto a estos elementos de hace tantos años, los empaques de Frito Lays y las cajas de chocolates. Todo encajó en su iconografía bidimensional, un tanto tosca, entre tierna y macabra, y que la acuarela exprese lo que quede por decirse.

Ahora bien, con la presencia tan frecuente de la muerte y eso de que los zorros arrojen humaredas tan potentes y nosotros nos preguntamos si todos estos individuos no son representaciones de una simbología más rígida, de estructura compleja y mensajes inequívocos. Nada de eso. “Hay una escena, hay una narrativa, pero quiero que cada quien la construya por sí mismo”. Con el fondo blanquísimo y sin otros contextos, nos quedamos a solas con los disfrazados paganos, propensos a la violencia y a la vagancia y que preferirían que no los viéramos en esas. ¿Qué tal nos caen? ¿Qué tal le caen a ella? “¿Sabes? Con el tiempo, varios personajes se fueron quedando, y luego ya no dependía de mí. Ellos están en lo suyo. Yo me limito a pintarlos”.


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