:: TURISMO :: PRAGA ::



COMO SI HUBIESE SIDO EDIFICADA CON ALGUNA SUSTANCIA ETÉREA, LA MISTERIOSA CAPITAL CHECA NOS SORPRENDE CADA POCOS METROS.

El tren había llegado. Un letrero azul me anunciaba “Praha”, en medio de un magnífico escenario. La emoción me impedía saber qué estaba pasando. Todo indicaba que era un recorrido onírico; el teatro negro, castillos, torres, marionetas y las brujas que reían mientras yo estaba “volando”. Parecía estar dentro de un cuento, como si alguien me hubiese dibujado en un lienzo que solamente existía en la imaginación del caricaturista. Estaba en Staré Mesto. El Reloj Astronómico marcaba el medio día, y mientras los apóstoles correteaban al sonar de las campanas, en la plaza central se tropezaba un malabarista.

No exagero. Estoy confundido. Esta ciudad parece una verdadera litografía.

De su idioma no entiendo nada, pero como dijo el compositor austríaco Wolfgang Amadeus Mozart, “meine prager verstehen mich” (mis praguenses me comprenden). Y mientras los anfitriones se sepan el libreto, yo simplemente disfruto del paseo acompañado de Don Giovanni, una de las más bellas melodías.

Miles de botellas de licores en miniatura adornan las ventanas. Adoquines que aplastan los recuerdos de un nefasto pasado, y a la vez mantienen firme la esperanza de un futuro sin tantas vendas ni heridas. Quiero decir que Praga ha cambiado mucho, en caso de que mis analogías no se comprendan.

A pesar que la mayoría de los ciudadanos son ateos, el Puente de Carlos está repleto de santos y deidades paralizadas en oración. Allí está San Juan Nepomuceno, a quien por orden del Rey Wenceslao IV de Bohemia, ahogaron por no revelar los pecados de Sofía de Bavaria (madre de Maximiliano I de México), y haberse negado a romper el secreto de confesión. Las treinta estatuas que decoran el puente de Carlos son impresionantes, pero la de Juan de Nepomuk es sin duda mi favorita. Me refiero a la escultura en sí, porque honestamente a ninguna de ellas le he dedicado mis oraciones. En 1961, la Santa Sede declaró que esta creencia era infundada. Sin embargo, a San Juan Nepomuceno se le considera el defensor contra las calumnias, y debido a la forma de su muerte, protector frente a las inundaciones.

Praga. Cuna de historia y del maravilloso escritor Franz Kafka. Lugar que dejó morir al comunismo y permitió nacer a la revolución de terciopelo. Una hermosa pintura viviente que mantiene la metamorfosis cautiva entre sus puentes. Ex capital del Reino de Bohemia y de la desmembrada Checoslovaquia. Una urbe silenciosa con una cultura magnificente; un lugar tan bello que no parece haber sido construido con ladrillos sino con magia. Su encanto fantasmagórico la convierte en favorita de quienes caminan por sus oscuros callejones. ¿Sabían que el Castillo de Praga es el más grande del mundo? Pues es verdad. Y además les cuento que fueron los Rolling Stones quienes pagaron la cuenta por su espléndida iluminación. Aquí se toma más cerveza que agua, y de hecho es la ciudad donde más la consumen. El licor del lugar se llama absenta, y aunque desgraciadamente no causa ninguna alucinación, hay quienes presumen de ver hadas tras haberlo ingerido.

¿En qué momento me despierto? Caminar por la ciudad vieja ha sido tan fantástico que aún creo que fue producto de mi imaginación. No alcancé a ver el muro de John Lennon, pero al extremo del puente una violinista tocaba Imagine. Un hermoso atardecer intensificaba el color de los tejados en Malá Strana. Al pie del Museo Kampa, me sorprendieron tres bebés de bronce, obras del artista David Cerný. A decir verdad, pocas veces he visto criaturas tan bizarras. Son alienígenas que miden más de dos metros. Cosas que definitivamente no se ven todas las semanas.

Praga ha sufrido cambios tan dramáticos que me recuerda a Gregorio Samsa. Un hombre que, al despertar convertido en insecto, fue incapaz de volver a caber en sus ropajes. Todo es subjetivo. Depende del entorno y de las circunstancias que te toca vivir. Ayer fue un territorio más de la ex Unión Soviética, hoy es la cabeza de la República Checa y una de las ciudades más bellas de Europa.

Por: Leo Vásquez


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