Una serie de eventos afortunados

  • por: anna tripaldi
  • ilustración: don choto


Un tejido resistente que con el paso del tiempo se fue tiñendo y transformando hasta llegar a ser el pantalón más amado, más usado y más conocido del mundo entero. ¿Pero por qué? ¿Por qué todos tenemos uno? ¿Por qué los amamamos? ¿Cómo es que se difundió de esa forma?

El jean representa muchas primeras veces: en él se usó el primer tinte sintético para conseguir su característico color; fue la primera prenda obrera; fue la primera prenda masculina en ser usada por mujeres obreras, y fue el primer pantalón con remaches de metal.

Su popularidad estalló a mediados de los 50s, y tras el éxito de los Levi’s, nacieron nuevas marcas, modelos y colores. Hoy ya se ha apoderado del mercado global. Sin embargo, ese estallido no estaba programado en la agenda de ninguna corporación. Más bien, la historia del jean podría definirse como “una serie de eventos afortunados”: desde su implementación a finales del siglo XIX, se suscitaron hechos extraordinarios que, de una forma u otra, contribuyeron para su difusión exitosa.

Ya en los años 20 el estilo Coco Chanel planteaba cambios importantes en la moda: lo masculino, su comodidad y las líneas rectas empiezan a aparecer entre los guardarropas de las mujeres. Este sería uno de los primeros indicios de la liberación femenina. Posteriormente y bajo el lema “We can do it”, en los años 40, la mujer se integró a la clase obrera; la guerra había dejado desprovista de manos masculinas a la industria y de repente las féminas eran de vital importancia para mantener vivas a las economías debilitadas. Esto lanzó a las mujeres a una situación nueva que requería comodidad y libertad de movimiento y les dio la “autorización social” para llevar la ropa que quisieran y accedieran a prendas que antes se reservaban para los hombres. Es así que las mujeres tomaron posesión de los overalls de los obreros.

Poco después, Hollywood y la industria musical de los años 50, las estrellas de cine y los artistas levantaron la bandera de la informalidad y el relax. Pantalones blue jean, zapatos deportivos y camisetas jersey seducirían a Jackson Pollock, Bob Dylan, Marilyn Monroe, Marlon Brando, James Dean y Elvis Presley, entre muchos otros, para desde allí terminar de instalarse en el imaginario de las masas, convirtiéndose en un símbolo de protesta elevada desde la juventud.

Así, el jean se vuelve parte de la llamada “juvenilización de la sociedad”, pronto impulsada por los mass media. Este fenómeno social implicó el surgimiento y consolidación del concepto de lo juvenil tal como lo conocemos hoy en día. Como consecuencia de esto, surge un mercado adolescente caracterizado por su rebeldía, independencia y desenfado.

Otros aspectos interesantes que se suman a la serie de eventos afortunados son algunas peculiaridades de este ya famoso indumento. Por ejemplo, es uno de los pocos casos de difusión de innovaciones que partía desde las masas y no desde la élite: fueron los obreros, los campesinos, el pueblo y las mujeres quienes lo avalaron y extendieron su uso.

Además, es un producto que ha sido amado históricamente tal y como es desde su origen: por su estructura focal, su resistencia, su practicidad al uso. En fin, es una prenda que se adapta a los tiempos y situaciones. Se acopla a la vida agitada y el tiempo acelerado de las fluidas y complejas sociedades contemporáneas, porque lleva en su alma características y discursos de comodidad, practicidad, estilo, economía y durabilidad que lo coronan como un compañero multifacético e indispensable.

¿Por qué amamos los jeans? Tal vez porque son una abreviatura de un siglo de cambios. Y también, porque de alguna manera, cada vez que nos ponemos uno estamos celebrando que también nosotros pertenecemos a las masas, a la clase media y, sin darnos cuenta, proclamamos nuestros elogios a las mujeres, a la juventud y a la paz.


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