Viajar por la calma

  • por alain de botton -- school of life
  • ilustración mariana tomaselli


Monument Valley, Estados Unidos. Te encuentras en medio de la nada e inesperadamente te está ayudando. Mucho.

Solemos ser tan frenéticos. Vivimos nuestras competitivas vidas maniáticas, nos comparamos constantemente con quienes tienen más pertenencias, son más listos, parecen más organizados, lucen más jóvenes… Somos frenéticos por muchas razones, y sin embargo, lo sabemos en nuestro interior, es aún más importante conservar esa cita ocasional con una parte más callada y más profunda de nosotros mismos; una parte de nosotros que solemos negar durante nuestra locura ordinaria. Tenemos intimaciones de ello en la noche, en la carretera o en la quietud gris de las primeras horas de la mañana. Y la sentimos aquí, en las profundidades de la tierra Navajo, en la frontera entre Utah y Arizona.

Parecería que todo lo que hacemos tiene mucha importancia, pero aquí escuchamos un mensaje distinto. Y es que, cuando lo consideramos desde suficiente distancia -desde las perspectiva de las rocas inmemoriales, las vistas sin límites, los cielos infinitos-, todo lo que somos y hacemos resulta más bien insignificante.

Para contrarrestar nuestras tendencias de exagerar y entrar en pánico, solamente necesitamos meditar sobre nuestra absoluta insignificancia cuando nos medimos frente a los eones del tiempo y el espacio. Fue hace doscientos millones de años que los mares del Triásico se retiraron y la tierra se levantó en una planicie desértica, muy lentamente erosionada por la lluvia y el viento.

Las piedras angulares sólidas emergieron gradualmente, protegiendo la roca bajo ellas, para formar los pináculos, montículos y mesetas que hoy constituyen Monument Valley.

Aquí hierve durante del día. El aire es delgado. Es un lugar al que le somos absolutamente indiferentes. Y nos confirma, de una manera amable y silenciosa, que la vida de uno es una cosa más bien pequeña. En ese silencio, el desierto nos ha provisto de una necesaria renovación de perspectiva.

Más allá de los pilares dramáticos de roca, la planicie vacía -con sus muy leves oscilaciones- se extiende hacia el infinito sin ninguna presencia de seres humanos. La neblina luminiscente nace en el horizonte. Bancos de nubes distantes reflejan destellos rosas y dorados cuando el sol empieza a esconderse; sus rayos horizontales encandilan las bandas verticales de piedra de arena. El ego se suelta; se desprende de sí mismo. En el desierto nos encontramos con una lección que la vida típicamente nos presenta mediante el vicio: que el universo es más poderoso que nosotros; que somos frágiles y temporales y no tenemos otra alternativa que aceptar las limitaciones de nuestra voluntad; que debemos inclinarnos ante necesidades más grandes que nosotros. Esa es la lección que está escrita sobre las rocas y en las arenas rojizas. Pero está escrita de tal manera que podemos salir del desierto y reincorporarnos, no devastados, sino más bien inspirados por lo que está más allá de nosotros mismos, privilegiados de haber sido partícipes de este paraje tan majestuoso.

No solo hemos viajado hacia un lugar. Hemos escuchado los susurros, a través del baldío, de una filosofía de sabiduría.


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