Las Aparaciones del Tío Luis

  • por: ricardo tello
  • ilustración sebatián domingual


Miércoles. La llamada telefónica me saca de la pesadilla.
-Tu tío Luis acaba de fallecer.

La voz de mi madre está entrecortada. Pero más entrecortado estoy por la pesadilla de la que me rescató el telefonazo: caigo, en cámara lenta, por la alfombra del cuarto que habito en el barrio quiteño de Rumiñahui; miro con temor la puerta y siento que debo abrirla; intento agarrar la manija cuando de repente gira con violencia sobre las bisagras oxidadas; el tío Luis está de pie, devolviéndome la mirada, derrotado yo, tendido en el piso. Suena el teléfono y la figura desaparece. El sueño realidad se esfuma.

Trato de asimilarla solo como una pesadilla. La imagino, en negación consciente, como si se tratara de una coincidencia. Vuelo a Cuenca, velamos al tío, lo enterramos y retorno a Quito, al mismo cuarto en el que lo soñé medio despierto. Desde entonces, esa sensación de escalofrío que recorre el espinazo y enhiesta los vellos de los brazos se vuelven frecuentes. Como aquella noche en la que despierto y siento mis piernas aprisionadas. El peso de un cuerpo las atrapa en complicidad con las cobijas que intentan aislarme de la noche helada. Abro los ojos y en medio de la tenue luz del alumbrado público la silueta del tío Luis, o de su espíritu, está al pie de la cama –sí, debe ser su espíritu porque, si mal no recuerdo, dos semanas antes lo inhumamos en Cuenca-. Me mira con su cabeza inclinada. Me vela. Espera una respuesta. Alcanzo a colocarme bocabajo y lloro hasta dormirme. De cansancio y miedo.

– ¿No será que lo has imaginado?
– No, era él, en espíritu…
– Entonces algo pendiente tendrán.

El diálogo con Gladys se diluye en mis intentos por recordar si lo pendiente era esa distancia que creamos semanas antes de su muerte, cuando por esas coincidencias de la vida recibí una acusación que rompió y distanció irreparablemente a las dos familias: a la del tío Luis y a la mía.

Para la tercera aparición estoy convencido de que lo que ese espíritu busca es terminar con su deuda terrenal. Sendy, médium ambateña a la que declaro amores y temores, lo explica:
– A eso se le llama “penar”; cuando mueren su espíritu va al lugar en el que deben solucionar aquello que no les dejará descansar en paz.

Domingo. En busca de ese cassette de cumbias colombianas que quiero compartir con la médium, subo al segundo piso de la casa. De regreso encuentro a la médium con las manos sobre la mesa de vidrio, los ojos en el cielo raso, y sus cabellos erizados.
– Está aquí, ahora mismo; debe enfrentarlo y mandarlo a
descansar, para siempre.

Ahora el erizado soy yo. Trato de entender, asimilar, aceptar que, de espirituales, las manifestaciones pasaron a ser físicas. Que por ello movió con violencia la mesa de vidrio, para manifestarse. E inmediatamente lo decido: no, no lo enfrentaré así eso signifique que pene por el resto de sus días. Y de los míos. Salimos.

Viernes. Su pierna derecha descansa sobre el primero de los diez peldaños de la grada. Su mano izquierda toma el pasamano. Levita a pocos centímetros del piso. Sus facciones no están definidas. Su cuerpo tampoco; es un bulto opaco sumido en la oscuridad de la medianoche de su última aparición. Indiscutiblemente es el tío Luis. Desde el décimo peldaño lo miro por el rabillo del ojo y siento la espalda congelada por el escalofrío previo a las apariciones. Es el mismo bulto con el que, en vida, compartía largas conversaciones callejeras hasta la medianoche de cualquier día de la semana. La misma figura que recorría su karma junto a mi padre cada seis de enero, en las fiestas de los Santos Inocentes. Y desde ese primer peldaño, como tratando de seguirme hasta el cuarto de la casa del barrio Rumiñahui, me lanza una mirada, la última, la definitiva, la de la resignación de sentirse no perdonado para toda la eternidad y por ello a vagar en esencia por corredores, cuartos, jardines, balcones, buhardillas, zaguanes, traspatios, paredes, puertas, baños, escaleras, bodegas, bibliotecas, muebles, ventanales… Condenado a ser un elemento más de esa casa, per secula seculorum…

Jueves. Día de despedida. Retorno definitivamente a Cuenca. La Escuela de Aviación me dice no. Un “no” que junto al que le di al tío Luis, nos acompañará y pesará por toda una eternidad. Desde la licorera de enfrente a la casa de la Rumiñahui echo la última mirada al ventanal lateral, la del cuarto del baño.

No sé si lo imagino. O si es el licor que atenaza mis sentidos. Pero detrás del vidrio veo esa figura regordeta, resignada, absoluta, asistiendo también a la despedida. En el cruce de miradas hay una complicidad. Rápidamente se me pasa por la mente la secuencia de Psycho, de Alfred Hitchcock, cuando Anthony Perkins lanza una mirada a la ventana del solitario motel de carretera, tras la cual aparece su madre, o el espectro de su madre. La mía será una película que durará por toda la eternidad.


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