Gabriel Pérez

enlace primordial

El paisaje se materializa y desmaterializa en las fotos de este quiteño. Viajamos hacia el lugar en cuestión, pero también hacia rincones escondidos de nosotros mismos.


Apenas amanece y Gabriel Pérez, aprendiz alquimista, se escabulle entre los árboles. La facha ha cambiado desde los místicos de antaño: tiene barba, sí, pero no lleva bastones de roble ni viste túnicas de lino. Lo que sí trae consigo es una cámara fotográfica analógica, unos cuantos rollos de celuloide y las misteriosas maquinaciones de su inconsciente, capaz de transmutar momentos y entrelazar paisajes, y que lo guía entre copas y claros hasta dar a parar en los escenarios de sus visiones. Gabriel para, dispara, enfrasca el hallazgo y continúa su excursión. Según lo que nos dice, no ha capturado solamente los panoramas que ofrece el exuberante territorio ecuatoriano, sino también fragmentos ocultos de su memoria. Y a veces, no solo de la suya.

“Me vuelve loco la idea de la doble exposición; cómo te permite cuestionar al tiempo y a la percepción. Cada segundo que pasa es diferente, pero con la doble exposición puedes representar ese cambio en una sola instancia. Y te queda la prueba de que ese instante existió; tienes una prueba física y se queda allí. Es alquimia: interviene tu lado inconsciente, porque no puedes estar seguro de lo que estás fotografiando; y cuando revelas, tomas esta sustancia mágica, que es solamente luz, capturada mediante una película fotosensible, y la vuelves tangible mediante químicos”.

¿En qué se basan estas postales etéreas, entre reales e ilusorias? Gabriel nos cuenta que entre sus andanzas como estudiante, un profesor le sugirió que tome rumbo mediante las enseñanzas de Carl Jung. Psicólogo, filósofo, alquimista, místico; que fue el mejor amigo de Freud -luego se pelearon- y que renunció a toda distinción para viajar por el mundo y anotarlo en sus cuadernos. El resultado es el Libro Rojo, caligrafiado a mano durante una década y que se hizo público hace cinco años. “Es un viaje espiritual”, nos cuenta Gabriel. “Sus significados cambian cada vez que lo lees. Durante todo el tiempo que Jung lo componía, estaba dialogando con su alma, que representaba a través de arqueotipos. Fue increíble leerlo, porque mucho de lo que decía se relacionaba directamente con elementos que yo no comprendía de mi propio trabajo. Desde entonces, empecé un proceso de transformación.” Nos habla entonces sobre el inconsciente colectivo, un código simbólico que comparten todos los humanos y que precede a cultura y razón; y sobre el sí mismo, que es la esencia del individuo y lo dirige en sus actos, pero que no lo encierra -como el ego-, sino lo hace llegar a la totalidad.

Jung también escribe que para alcanzarlo es necesario reestablecer el vínculo primordial: retomar el contacto con la naturaleza y el trabajo con las manos. Es lo que se ha propuesto Gabriel, que ha viajado por todo el país -por Pichincha, Manabí, el Yasuní- para elaborar sus composiciones y plasmar las enseñanzas de su tutor. En sus fotos, las montañas se convierten en nubes, los horizontes están intercalados y las profundidades de la selva se revelan aún más trepidantes. Al contemplarlas, nos conectamos con el paisaje, pero también con nuestro interior. Es como si fuesen la misma cosa.


TE RECOMENDAMOS