Country, bluegrass and blues

  • por: micaela cartwright
  • ilustración: philippe sain


Cada artista es hijo de su tiempo. La sociedad, la política, los rezagos de épocas anteriores y la historia personal de cada quien son parte de la mezcla que bulle dentro de cada uno, y que se completa con la valentía de quienes luchan por su libertad. Sí, quienes luchan por su libertad, muchas veces quedando incomprendidos. Y claro, después vienen las críticas y las condenas…

La irreverencia nunca es bien vista. Las drogas son un tubo de escape. La realidad es un mundo del que, muchas veces, los artistas no se sienten parte. La rebeldía es el estigma que en algunas ocasiones genera el rechazo de la sociedad. Los punk fueron una de las minorías que cargó esas cruces y CBGB el espacio que los dejó crecer en Estados Unidos.

Menos mal Hilly Kristal abrió uno de los bares más emblemáticos de Nueva York en diciembre de 1973. Su idea inicial era crear un local en donde bandas de country, bluegrass y blues pudieran tocar canciones durante las noches mientras la gente iba a tomar un trago y ver televisión. Pero no funcionó, pocas de esas bandas llegaron. Hay que agradecer la preocupación del dueño por no perder su boliche y la consecuente apertura hacia jóvenes que no sabían tocar instrumentos, pero que estaban deseosos por expresarse. Así fue como Iggy Pop, Syd Vicious, los Ramones, Blondie y muchos otros tuvieron la oportunidad de pasar a la historia.

CBGB no habrá sido el bar más lujoso en Manhattan (se veía aserrín en el piso, excrementos de perro y emanaba un exagerado olor a orina), pero sí fue el hogar de muchos. Recibió, por ejemplo, a Syd Vicious: uno de los jóvenes del punk británico cuya vida resalta por haber sido una de las más trágicas. El músico perteneció a Sex Pistols, compuso canciones con su banda que varias veces ocasionaron un escándalo entre la sociedad inglesa, atacó la moral y el conformismo de los británicos y trascendió entre los músicos por la pasión con la que se entregó a sus causas. Murió de una sobredosis de heroína en 1979 en Nueva York después de que su madre, también adicta a los malos hábitos, le inyectara la cantidad suficiente como para que dos personas no se volvieran a despertar.

Si los punks no irrumpían con la fuerza que lo hicieron, no hubiesen causado el revuelo que causaron en la sociedad: “Hey Ho, Lets Go”. Buscaban la acción, estaban cansados de ese letargo en el que veían sumidos a muchos.

No hace falta de mucho para que un perfil así sea considerado como la basura de la sociedad. Y eso que no se han mencionado las acusaciones que durante años lo atormentaron por ser el presunto culpable de la muerte de su novia Nancy Spungen quien, se cree, murió asesinada por un ladrón. Sin plata, un tanto violento, con problemas de adicción y una energía inabarcable para criticar a una sociedad conservadora y banal; una sociedad que no entendía –ni entiende– (toda sociedad regida por el principio de leviatán defiende el orden frente al caos) que los mejores mensajes no vienen de las aguas calmas sino de las olas que se estrechan contra la orilla generando una estela que se queda detrás. La vida no es más que un cúmulo de experiencias que sacan a flote lo mejor –y lo peor–del ser humano en ese continuo aprendizaje que está hecho básicamente de la fortaleza de quienes saben pararse después de cada caída, de quienes saben luchar contra sus demonios y sus fantasmas. No todos tienen ese empuje. Los punks lo tuvieron. Y de vuelta, muchos podrán decir que fueron la cara sucia de la moneda porque a diferencia de los hippies que se rebelaron en contra de la sociedad del consumo buscando entablar relaciones personales a través del amor, la libertad, la naturaleza y la no violencia; los punk llegaron con un espíritu belicoso a transgredir los corsés estéticos y la opresión de la autoridad sin dar explicaciones y más bien haciendo siempre lo políticamente incorrecto. Pero, ante el blanco, el negro; ante la fortuna, la adversidad; ante la extrema quietud, la irreverencia.

Los padres de la generación de los años 60 criaron a sus hijos en un ambiente de libertinaje total. Abrazaron la revolución sexual y creyeron en el amor libre. Probaron marihuana, LSD y otros alucinógenos con la intención de alcanzar estados alterados de conciencia. Debido a su resistencia al consumismo optaron por es tilos de vida relajados y acentuaron sus motivaciones hedonistas a través de creencias espirituales, religiosas, artísticas o ecologistas. Sería ingenuo pensar que los punk debían actuar calmos. Ante ese panorama su filosofía “there is no future” no parece tan descabellada. Si no irrumpían con la fuerza que lo hicieron no hubiesen causado el revuelo que causaron en la sociedad: “Hey Ho, Lets Go” decía la lírica de una de las canciones de los Ramones. Buscaban la acción, estaban cansados de ese letargo en el que veían sumidos a muchos.

Dee Dee Ramone, Johnny Ramone, Tommy Ramone y Joey Ramone cimentaron las bases del género musical con composiciones minimalistas y repetitivas, nada de la pomposidad de las bandas de rock que triunfaban en los años 70. Ahora querían ser rápidos y directos; querían una música que cualquiera pudiera practicar. Sus letras eran absurdas, apenas tenían un mensaje, pero eran chiclosas y fáciles de aprenderse. Kristal sabía que en principio su música no iba a ser aceptada por el público, aún así les pidió que volvieran después de escucharlos en la primera audición que hizo el grupo en CBGB.

No se equivocó. Igual que Blondie o Iggy Pop en The Stooges, los Ramones fueron los pioneros de las bandas de punk y una secuela de grupos musicales entre los que están Red Hot Chili Peppers, Rob Zombie y Metallica. Hartos del egocentrismo de los solos de guitarra abrieron el campo para que un montón de jóvenes deseosos por escribir sus pensamientos tuvieran la oportunidad de hacerlo. Y todo gracias a la idea de un melómano que no claudicó en su lucha por mantener vivo el boliche de los que tenían su misma pasión. El movimiento de los punk no fue solo un movimiento musical, fue entre otras cosas, una puerta abierta para los adolescentes que tuvieron la valentía de levantarse y dejar las flores de los hippies atrás, aunque en muchos casos fueran reprobados por la sociedad. Fue el triunfo de la vida frente a la modorra.


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