Cruella de Vil



En un pub polvoriento de Londres, el lamento de un piano de cola de marfil. Los cubos de hielo se ahogaban en un sucio vaso de whisky. En la esquina de la barra, un hilo de humo dirigía la vista hacia una varilla que contenía un tabaco gris y amargo; la varilla, a su vez, iba hasta una mano vestida por un guante de terciopelo que viajaba hasta la península del hombro descubierto de una mujer fina y tenebrosa. Ella llevaba a cuestas un abrigo de piel azabache que develaba parcialmente un cuerpo frágil cubierto por un vestido negro sencillo.

Su cara era huesuda y bien definida, ojos intensos y maquillados, con extensiones en las pestañas que llegaban hasta la luna; un par de labios minúsculos, amplificados por la gracia del ¨Rouge Rebelle¨ de Chanel. Una obra inglesa que alguna vez anduvo solitaria y sin un ápice de pintura. Cruella De Vil, hoy la directora creativa de moda más importante de toda la isla, busca en un pub mugriento a quien le ayude a completar su misión: ser la propietaria y portadora de la mejor armadura imaginable: un abrigo de piel de dálmatas.

En el pub, un hombre hinchado por el alcohol, con el rostro rosa como un puerco, le pregunta “¿por qué un abrigo de pieles?”, mientras traga sorbos agigantados de vodka. Cruella, sentada, inhala el aire más impuro de su tabaco, lo mira fijamente y recuerda su último invierno sin pieles.

A los 16 años estaba sola y desmaquillada, con los huesos adormecidos por escupitajos de nieve que en Oxford Street se sentían como balas. Frente a ella, el escaparate de Harrods exhibía maniquíes que presumían abrigos de piel de zorro color desierto. Cruella, con la vulnerabilidad que trae el invierno, la soledad que caracterizaba su reciente orfandad y con dos mil libras esterlinas en su cuenta, enfrentó su invierno desconsolado con su primer capote: la piel de zorro.

Para la dama inglesa, de cabello dividido por los extremos de la luz y la oscuridad, un abrigo de pieles es más que lujo y comodidad. Es una renuncia a la humanidad defectuosa, una mutación casi perfecta, el acercamiento a lo animal sin renunciar al maquillaje y los tacones. Vestir una piel es cobijarse bajo una armadura que tiene la fuerza reptiliana que buscamos reprimir, pero que comanda nuestras acciones más básicas y animales.

Cruella De Vil representa la búsqueda de la bestia a través de la indumentaria. El uso de las pieles como una forma de descartar la piel humana y transformarse en mito. Es una esfinge andante. La travesía de esta dama inglesa es el viaje hacia la seguridad y la fortaleza. Dentro de su cabeza habitan todas sus pieles inventariadas junto a sus memorias, su vulnerabilidad bien resguardada entre pieles de tigres siberianos y plumas de avestruz.

Ella tiene la última palabra. Toma el último sorbo de un whisky aguado y habla. “Vivo por las pieles, las adoro. Después de todo, ¿existe una mujer en este infame mundo que no las ame?”. Su mirada se impregna en todos los asistentes del bar que siguen el hilo de humo que expide su varilla.

Cruella toma una bolsa escamosa como lagarto y sale del mugriento pub. Sabe que su pasión no la comparte nadie, ni siquiera el borracho con cara de cerdo. Ingresa a su auto y pisa el acelerador a fondo. Sabe que ningún trabajo es como el que lo ha hecho uno mismo.


TE RECOMENDAMOS

  • ...aún hoy, a casi 60 años de su publicación, En el camino sigue cargando el tanque de combustible de miles…

  • Genial, provocadora y frecuentemente incoherente. Se trata de Viviana Westwood, retratada en texto por Fernando Escobar-Páez e ilustrada por Viscera…

  • A orillas del río Yukón, en Canadá, una estampida de hombres deseosos de riqueza se enfrentaron a la nieve y…