Deconstruyendo el Punk

  • por: juan carlos kreimer
  • ilustración: larvoratorio


Cuando alguien saca del tacho de residuos lo que quedó de un Big Mac y se lo come porque tiene hambre, ¿eso es basura o alimento?

Esto que escribo lo puedes leer porque el fondo es blanco. Buena parte de la notoriedad que alcanzó el punk hace casi 40 años responde al contraste entre su actitud (estética, corporal, musical, etc.) y el contexto del lugar, la época y esa meseta que es el rock a mediados de los años 70. Cuando los más chicos entran en la adolescencia, su furia quiere llevar todo al grado cero, arrasar con cuanta creencia se les cruce, acabar con la Gran Hipocresía reinante. Con la del Sistema y con la de los que fueron jóvenes en los años previos (que todavía creen serlo) y no quieren despertar del sueño utópico y tampoco encuentran letra para su sinsentido existencial. Instalados dentro de un modelo que alinea todo en la vida de acuerdo a la productividad y la cantidad, los rockeros instalados tienen una rebeldía que sabe a caramelo de limón. Sobre ese escenario llueven los primeros escupitajos de sus propios hijos.

Más allá de cuánto los salpicaran y de la batahola circense y mediática que crean, en lo que va de la noche al día los punks reproducen en sí mismos la paradoja de todo artista. Joel Layner, en prólogo a Enfoque Gestált, habla de ese temperamento que favorece la gracia y lo sensible y desarrolla su modo propio de responder al mundo. Este soy yo y quiero que recuerdes esto, o me recuerdes por esto. Cuando ese temperamento, que no pertenece al mundo de los cálculos, se introduce en éste mundo (en el caso del punk el showbiz) altera ese. Pero el artista no viene a resolver los dilemas de la realidad: los vivencia/procesa/vomita a través de su canal expresivo. En el músico (y en los actores, bailarines, atletas…) esa digestión artística no puede darse sentado en la quietud y al crear su obra, como en un escritor, un pintor o un científico: debe reproducir su maestría en cada ocasión. Cuando termina el show, termina y sanseacabó. El acontecimiento es inesperado, imprevisto, irrepetible: después que ocurre ya no es más el mismo. Produce un cambio de otros cambios, se vuelve representación colectiva, lo más que puede buscársele es una continuidad en la reiteración. A no ser que esté siempre alerta y a la caza de las nuevas respuestas que le llegan desde ese temperamento, el artista se vuelve un artista de su propia copia. Cuando los punks de la primera hora y los que se subieron a su balsa empiezan a pasear ese grito por todo el mundo, por más que hagan travesuras en los hoteles, lo que muestran es la obra, no la creación. Provocan parodiándose. Como todo lo que se vuelve una forma, el éxito termina por deformar el temperamento que le dieron sus genes. Lo fija. El New Wave, Post Punk, Oi, New pop o como quieras llamarle a lo que viene después, y a lo que sigue en pie, todo es apenas un formato en donde apoyar el talento, no un estallido como el del punk. Esto no es nuevo, lo mismo les pasó a los surrealistas, a los dadaistas, a los beatniks, a los que pedían lo imposible en mayo del 68. Lo que en un momento es nuevo, si pega queda como hito. Pero es deglutido. El punk muere joven al institucionalizarse, al ser aceptado por la sociedad del espectáculo, al confundir su espíritu con sus consignas, al servir como refugio o pretexto para que cada uno (y su propio temperamento artístico) deje de desarrollar/expresar su propia disconformidad.

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En los 80 te puedes hacer el sota, los cadáveres todavía respiran y te hacen creer que su sufrimiento es parte de su alegría, o viceversa, pero los tatuajes empiezan a arrugarse y entre el cuero cabelludo y los jopos perioxidados relucen milimétricas sombras blancas. Y gracias a la naciente globalización, en todas las superficies asfaltadas del planeta surgen clones; aunque sus pieles no sean tan blanquitas ni pálidas como las células madres, básicamente sajonas, pasan por auténticos punks. Look + actitud da una portación de imagen que hace creer que eres uno de veras—y te autoconvences que tú eres eso. La forma se mete adentro de ti mismo, recoge tus detritos y te adhiere a esa identidad. Lo mismo pasó con los hippies. Hasta que la postal que te devuelve el espejo, empieza a no reconocerte. Cubierto por el polvo de fascinaciones de una ráfaga planetaria punk hiperrealista, llega entonces el Neoliberalismo. Margaret Thatcher y Ronald Reagan son los Vivienne Westwood y Malcolm McLaren de una lluvia ácida que diluye todo rastro de disidencia. Pensa miento único. Fin de las ideologías. Sólo dime cuánto dinero puedes gastar y te diré si eres. Las marcas con las que te identificas. Curra, hijo mío… De este tenor son todos los salmos de la nueva fe que gana (más bien pierde) a los recientes ex jóvenes, sus hijos, sus utopías. En ese “Sálvese quien pueda”, el pibe punk, que en el fondo es alguien que cree habérselo pensado todo y entrevisto que no hay ninguna salida, se vuelve más de
lo que siempre fue: un perdedor.

En los 90 las mayorías quieren distracción, fun, pum para arriba, nada que huela a depresión. Ni ver lo que quedó detrás. A la máxima punk “Antes-que el-mundo-me-mate-me-mato-yo”, la desplaza un “Vivamos-todo-al-mango-antes-que-acabe-todo”. Que ahora el futuro no existe más, lo demuestran hasta los políticos. Los gigs tampoco necesitan más del músico, usan DJs que mezclan creación con recreación.

Esa religión de mercado, salvaje por donde se la mire, que propone salvar a la economía y a las almas a través del consumo, encuentra en las tecnologías para las comunicaciones un vehículo cada vez más adictivo: la vida virtual. Poco importa que caiga la millonaria industria discográfica, primer círculo de aprovechamiento del ansia juvenil. Antes de que el punk se vuelva de veras el esperado gran negocio de recambio de la industria del rock, discos y cds se vuelven obsoletos. El objetivo ya no es venderle nuevos contenidos a los chicos sino los aparatitos para escucharlos cada vez mejor, con menos espacio, en cualquier circunstancia (vía audífonos). ¿Cómo resistirlos?: todo puede bajarse, verse y hasta ser intervenido a un costo cero. La ilusión es tenerlo todo al alcance de los dos pulgares; la realidad, que lo tienes. Imposible determinar si la muerte de las disqueras resulta una bendición o una aplanadora para el temperamento creativo del músico. Lo único, que el músico pierde su royalty en ese negocio y solo le queda sonante lo que produzca live. Y que hace renacer el espíritu Indie, el DIY (Hazlo tú mismo), que los grandes sellos dejan de decidir lo que sí y lo que no, y que nace una nueva opción: el cualquierismo. Todos pueden intentarlo.

El mayor problema del adolescente, y del joven, es que crece, joder. Ahora soy un hombre de otra época y cada vez que trato de recordarme en aquel entonces, al mismo tiempo me felicito y me espanto por mi falta de conciencia. Cuanto me parecía eterno era en verdad fugaz, pasajero. Perdonen, muchachos, pero con cada velita la mirada se te radicaliza en lo relativo. Y te pasa lo mismo que a la rana que cayó en la olla: dejas de sentir que el agua se calienta cada vez más, necesitas de otras ranas (nuevos jóvenes) que al entrar en contacto con esa ebullición, salten, reaccionen y te hagan recordar lo que vino a decir el punk: que todo se está quemando. En verdad, tú también ya eres parte del agua caliente y de lo que se hirvió.

Por una cuestión de calendario, el punk se cruzó en mi vida cuando yo no sabía si era una rana de las primeras o de las segundas. Venía de varios disconformismos generacionales (rezagos hippies, situacionistas…) y los “des” encantamientos de sus aullidos, de su mirar duro, de su querer morirse, me hicieron volver a la realidad: la contracultura 60-70, la utopía, el juego, o el “sueño” como lo llamó John Lennon, “is over”, terminó. En adelante, el rock y casi toda expresión vital-artística tendría que procesar ese fin de ciclo si quería abrir vanguardia.

Pocos se le animan. Ganan los mercados. La realización pasa a medirse solo por la plata que produce y deja. No por sus rupturas, ni por sus revelaciones, ni por las zonas de la sensibilidad y la conciencia que movilizan esas expresiones. Daría mi caballo por una idea nueva. Las propuestas de rescate, exploración, representación o fusión de otras músicas (o artes) que tanto me gustan ahora le deben algo al agotamiento de as formas y a lo que a veces produce lo aleatorio. Veo focos de creatividad y resistencia en algunos poetas y performers que pasaron por el Hip Hop, en creadores polirrubros que se niegan a entrar en el sistema, o que si entran no se la creen y lo hacen para seguir cuestionándolo, pibes que hacen esténciles callejeros o teatro alternativo o videitos con sus celulares. O que enseñan a leer y escribir en las villas miserias. O cuando escriben o dibujan lo hacen descarnadamente. Miles sin prensa que siguen explorando en forma aislada, fragmentada y hasta anónima con el impulso. Sin responder a rótulos. Ya no hay más “fuera del Sistema”, ahora estamos todos adentro, aunque lo recontraputees. Hasta la década del 80 se puede vivir al margen, sin plata ni clave de identificación fiscal, ahora no hay escape. Tributas como todos.

La batalla soñada la perdimos, solo triunfamos en la íntima, en el haberlo hecho y en el haberlo gozado. Después de los 60 y los 70, el Capitalismo se erige como el verdadero vencedor, el único patrón oro de nuestras vidas, lo queramos o no, y “permite” que haya cultura alternativa pero como meros shows, no ya como resistencia. Nos entretiene ahí, en algo así como en la teoría del arenero: ese espacio que hay en las plazas para que los niños jueguen y no molesten a sus mamás. Cuando vivía en Inglaterra conocí a varios estudiantes de instituciones tipo Royal School of Arts en las que cuanto más cuestionaban las reglas establecidas, más les palmeaban la espalda. Rebelde vende. Y los apoyaban. La maquinaria cultural también siempre necesita nuevos pedazos, carne fresca para sus hamburguesas. Supervivencia para unos, soldout para otros, el mantra punk no le hace caso a nada: cash from chaos, my baby.

Hoy la tecnología pone a tu alcance todos los medios para que transformes cualquier experimen tación en una trangresión y te consideres artista. Cualquier intervención sobre otras obras o fragmentos o superposiciones, o distorsiones te hace creer que lo trabajado te pertenece como creación. Los djs cuando van a un club con su pendrive o su laptop dicen Voy a tocar, como si fueran un músico. Hacen de la repetición y sus variantes una estética del editing —¿este texto acaso no surge de la misma técnica? Ok, cada uno hace lo que puede, trata de sobrevivir a costa de su mentira más talentosa. Aunque sigamos sonriendo, como dice Darío Sztajnszrajber, el filósofo argentino más punk que muchos de los punks sobrevivientes, “después, todos, absolutamente, un día nos morimos… en definitiva, todo lo que haces en esta vida después del naufragio que es nacer, da cuenta de una especie de búsqueda infructuosa de aferrarte a un madero. Y eso es el arte. También la filosofía, la familia, el amor.”

El punk no quedó fuera de esa ley, si en un momento shoqueó a los que pasaban a su lado, hace tiempo que dejó de asustar, su horror se ha vuelto parte del paisaje burgués, de la clase trabajadora, de diferentes medios artísticos y de transporte público. Con algo de patetismo, ¿no? Como si estuviera esperando que los recién nacidos a la rebelión le den una patada en el culo del mismo modo que ellos a sus hermanos mayores. Ámalo o déjalo, fuck you, como sea, nadie podrá negarles que mostraron a la sociedad que su basura tenía más proteínas que su opulencia. Sobre su data, su nostalgia, sus ecos, sus continuadores y fundamentalmente sobre su mito, todavía algunos seguimos apoyando conjeturas como las que acabas de leer. “God save the punks”, también ellos son seres humanos.


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