Jean-Michel Basquiat

  • por vanessa terán
  • ilustración gabriel zamora


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La primera vez que la muerte toca su puerta tiene apenas siete u ocho años. Mientras juega frente a su casa, un carro lo atropella y se echa a la fuga. El niño sobrevive de milagro. Lo internan por semanas en un hospital de Nueva York y para combatir su aburrimiento, su madre le regala la enciclopedia de anatomía de Henry Gray. Jean-Michel Basquiat vive su recuperación calcando diagramas del cuerpo humano: cráneos y corazones; codos y rodillas; los cinco dedos y veintisie te huesos de una mano; un riñón, que es como un gajo de mandarina con arterias en lugar de cortezas. Quizá ahí nace su fascinación por la figura humana, el símbolo central de su obra. Quizá es por eso que sus cuadros están llenos de etiquetas, de flechas explicativas, de notas al pie, como si fueran diagramas médicos. Y quizá es entonces cuando algo se rompe dentro de él, algo que nunca terminará de sanar.

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Gerard Basquiat es un hombre severo y exigente. Nació en Haití y migró a Estados Unidos con la determi nación de cumplir el american dream: casa con jardín, automóvil propio, hijos con título universitario. Matilde, su esposa, es una hermosa puertorriqueña que les habla a sus hijos en español y los lleva a exposiciones y museos desde muy chicos. Poco después del accidente, sus padres se divorcian. Jean-Michel habla inglés, francés y español. Ama leer, pero es un pésimo estudiante. Su padre se lo reprocha a diario. También le encanta dibujar. Dibuja en las paredes de su cuarto y en los libros de la escuela y en su pupitre y en todos sus cuadernos. Sus profesores ven con recelo a sus personajes inventados, con rasgos grotescos y extraños, mientras premian a sus compañeros que calcan figuritas de Spiderman y Batman. Esos pequeños rechazos van construyendo la visión que Jean-Michel tendrá de sí mismo por el resto de su vida: soy un fraude, un fracaso.

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A Matilde, que siempre fue su mayor fan, la encierran en un psiquiátrico cuando Jean-Michel tiene 13 años y esto dispara frustraciones enormes. Poco después deja el colegio, algo que su padre jamás le perdonaría; se marcha de casa; prueba ácidos y marihuana por primera vez; conoce a Al Díaz, y juntos crean su alter ego SAMO (un juego de palabras con same old shit). No tiene dónde vivir ni dinero para comprar materiales.
Basquiat pinta sobre el refrigerador de su casa y sobre marcos de puertas y ventanas; recoge neumáticos dañados y cosas que encuentra en la basura: toda superficie tiene el potencial de convertirse en lienzo. Basquiat se toma las calles del Lower East Side, se apropia de las paredes y escribe pequeñas consignas crípticas, escritas en un lenguaje único, callejero, fragmentario que luego será la marca definitiva de su obra. Firma únicamente con un trazo a mano alzada que parece una corona de tres puntas.

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Arrancan los ochenta y el mundo convulsiona en excesos. El mercado del arte -que viene de un periodo minimalista; que privilegia las ideas por encima del objeto artístico y que rechaza a la pintura por ser demasiado tradicional- no es la excepción. Los pintores vuelven a convertirse en celebrities, como lo fueron Pollock y De Kooning, pero se trata de un mundo mucho más ambicioso e implacable, cada vez más corporativo, en el que todo se puede empacar y vender. Y es allí donde aterriza Basquiat, a quien venden bajo la etiqueta del neo-expresionismo. Los museos, los galeristas y los coleccionistas se pelean por sus cuadros. Su obra es distinta a todo lo que se ha visto antes y se construye a partir de contradicciones: grotesca y sensible, urbana y primitiva, infantil y severa, todo a la vez. Para el coleccionista tradicional, el Basquiat que cuelga en la sala de casa comunica que es iconoclasta y open mind, que entiende el lenguaje y los excesos de la calle, que es capaz de celebrar a un artista negro, pobre, y autodidacta. So contemporary.

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Y es gracioso porque Basquiat nunca deja de burlarse de ellos, y muerde la mano que le da de comer, una y otra vez. Hasta que el mercado termina por domesticar a la bestia salvaje que lleva dentro.
Y sus cuadros se venden por miles de dólares. Y se convierte en el niño mimado de Andy Warhol.
Y lo obligan a pintar diez lienzos en dos semanas para una exposición en Italia.
Y él no puede con la presión, y no puede reconciliarse con la fama y el dinero y el status.
Y se entrega a la heroína, que lo mata a los 27.


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