Humanos y océanos -curas a una relación disfuncional

  • por: rex weyler
  • ilustración: josué granda


En 1971, durante la primera campaña de Greenpeace en contra de pruebas de bomba atómica en Alaska, una ballena se acercó al barco. El capitán John Cormack, un pescador con experiencia, dijo a la tripulación, “solíamos ver a ballenas de horizonte a horizonte aquí fuera, no más”.

La ballena Gris Atlántica se había extinguido hacia 1971, las Bowhead y las ballenas Azules estaban cerca de su extinción, y las especies de ballena restantes habían sido reducidas a aproximadamente el 5% de sus poblaciones máximas. En 1975, Greenpeace lanzó una campaña para salvar a las ballenas, y ganamos una moratoria de las Naciones Unidas en 1986. Sin embargo, la caza de ballenas ilegal sigue, sin tener en cuenta los esfuerzos medioambientales, la salud del océano y la biodiversidad se han deteriorado progresivamente.

Desde 1990, las “áreas Protegidas Marítimas” se han cuadruplicado, pero el índice de biodiversidad marítimo ha disminuido en el 21%. La ecología poco sistemática no trabaja. Tenemos que proteger el ecosistema marítimo entero.

Barcos más grandes, menos pescado
Entre 1992 y 1997 la capacidad de flota pesquera del mundo aumentó en el 22%, pero las pescas anuales alcanzaron su punto máximo en aproximadamente 90 millones de toneladas, y luego disminuyó. La tecnología humana dejó atrás el precio reproductivo de la naturaleza. Los barcos más grandes, más rápidos no pueden agarrar a los peces que no están allí.

Los buques industriales de gran escala, aproximadamente el 1% de la flota pesquera del mundo, toman casi el 60% del pescado, dejando pequeños remanentes. Algunas pesquerías comerciales –el bacalao del Atlántico, la anchoa peruana, caballa española han colapsado, causando decadencia económica en comunidades costeras. Los barcos industriales desechan millones de toneladas “de por-agarra”. Las tortugas y los mamíferos marítimos mueren en anzuelos. Las piscifactorías industrializadas extienden enfermedades y contribuyen a la decadencia de reservas de peces naturales como el salmón salvaje.

Los científicos de pesquerías saben que la solución es limitar flotas industriales grandes, tamaño de redes, y líneas extensas, pero las naciones de pesca industrializadas China, Perú, Chile, Japón, EE.UU y Europa– se resisten a estas soluciones.

Mares ácidos, islas plásticas
En 2011, el Servicio de Rescate de Aves Marina australiano encontró en una tortuga muerta de mar 317 pedazos de plástico –e hilos, cinta, tapas de botellas en su aparato digestivo. El Instituto Scripps de Oceanografía encontró que más del 9% de los peces del océano estaban muriendo por la presencia del plástico en sus aparatos digestivos. Este plástico proviene de botellas, fundas, juguetes, y otros artículos de la vida del consumidor moderno.

La humanidad ha interferido en la vida marítima por la sobrepesca, por las emisiones de carbón, el calentamiento del océano, blanqueo de coral, toxinas vertidas en el mar, residuos nucleares radiactivos, desechos agrícolas, vertidos de petróleo, y el oxígeno mermó creando zonas muertas.

En diciembre de 2004, el tsunami que barrió 3000 kilómetros a lo largo del Océano índico lavó enormes contenedores metálicos del fondo del océano sobre la costa del este de Somalia. Cuando los aldeanos cerca de Mogadishu intentaron rescatar los contenedores, los contenidos tóxicos mataron a cuatro personas y causaron ceguera, infecciones respiratorias, y lesiones de piel. Los contenedores tenían residuos nucleares, sumergidos ilegalmente en el mar. Después del accidente nuclear de Fukushima, los contenidos compuestos de cesio radiactivo se extendieron a través del Océano Pacífico hacia el Hemisferio Occidental.

Los océanos absorben aproximadamente un tercio de emisiones humanas de dióxido de carbono. Históricamente, los océanos se ajustan a pequeños cambios del carbón atmosférico por la formación de carbonato de calcio que naturalmente equilibra el nivel de pH del océano. Sin embargo, la cantidad de emisiones de carbón humanas ha excedido la autorregulación del océano. Los océanos de hoy son aproximadamente el 30% más ácidos de lo que eran en 1800. Los niveles altos de ácido carbónico atrofian el crecimiento e interrumpen la reproducción de copepods diminutos, caracoles, y erizos de mar, que podrían no llegar a formar conchas adecuadas. La muerte comienza abajo en la cadena alimenticia, en pequeños organismos, y finalmente afecta el ecosistema marítimo entero, reduciendo el número de peces y mamíferos marítimos.

En 2011, los oceanógrafos, ecologistas de arrecife de coral, toxicólogos, y otros científicos marítimos, convocados por el Programa Internacional del Estado de los Océanos (IPSO), advirtieron que “el efecto acumulativo” de estos impactos causa “una extinción de especies marítimas sin precedentes en la historia humana”: el colapso de especies que ahora ocurre en los océanos representa la mayor decadencia en la diversidad del océano luego de que un meteorito golpeó la Tierra hace 64 millones de años. La salud de los océanos nos enseña que la Naturaleza es generosa, pero no ilimitada; ella es paciente, pero no sentimental. Si no aprendemos estas lecciones, a tiempo grandes consecuencias se aproximan.

Los científicos saben las soluciones: Pesca de producción sostenible, buques restringidos y tamaño de redes, una prohibición de dragado del fondo, regulación sobre contaminadores, reducción de plásticos, reciclaje de fertilizadores y excremento humano, reducir fugas de petróleo, y reducción de emisiones humanas de carbón. Sin embargo, ninguna nación desea firmar un convenio puesto que las soluciones interfieren con la expansión económica.

Nuestra interrelación con los océanos se ha tornado disfuncional.
Una gran transformación humana puede volvernos hacia el paraíso, pero cualquier revolución social debe comenzar con una nueva visión del mundo. La historia nos enseña que el cambio social que mueve paradigmas no es conducido por políticos y élites privilegiadas, sí por ciudadanos visionarios, por nuevos pensadores, radicales, y gente de acción. Nuestra sociedad ha ido a la deriva con una relación conflictiva con la biósfera, y sobre todo con los océanos. Nosotros desesperadamente debemos liberarnos de nuestros hábitos económicos y redescubrir nuestro lugar perdido en la grandeza de la Naturaleza y el balance dinámico de interrelaciones.


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