Maravillas de plástico

  • por: josé boroto
  • ilustración: hypnosky


Yo nací en los ochentas, una época en la que las pilas talla grande, las famosas pilas “D” (esas que ahora se encuentran solo en los calefones) le dieron vida a mis sueños con sonidos que ahora solo oigo en remixes “retro” de Djs muy alternativos. Una época en la que mi imaginación se trepaba tranquilamente en MicroMachines de tres centímetros de largo que me llevaban a hacer carreras entre los frascos de mostaza y la “mesa de de los grandes” en pleno comedor. Esto mientras los mismísimos Masters Of The Universe liderados por su He-Man con su calzón peludo ayudaban a los G.I. Joes a rescatar a media docena de Barbies atrapadas por el malvado Coronel Cobra en una fortaleza hecha de Legos.

Juguetes de plástico, heredados de mis primos y otros parientes que aguantaban todo el maltrato y todas las combinaciones habidas y por haber. Más de una vez un Cabbage Patch Kid terminó siendo el artillero de un helicóptero como el de Rambo en medio de una batalla en la sala de la casa. Sin pantallas táctiles ni actualizaciones, me tenían horas de horas dándole vueltas a las mejores aventuras que he tenido en mi vida. Juguetes de plástico con colores chillones que se terminaban mezclando sin importar si eran viejos o nuevos, chinos o gringos… todos servían al momento de ponerse a jugar en el piso con los efectos sonoros que hasta ahora nos acompañan, o me va a negar usted, que no se le escapa de vez en cuando un “guzhuuun” cuando rebasa a un taxista o un “tucfu tucfu tucfu” cuando trata de explicar cómo suena la ametralladora en una película de acción.

Cuántas enseñanzas nos quedaron de esos tantos años de magnífico Nintendo, o de nuevo me va a decir que hoy, no es lo que es gracias a lo aprendido en todas esas horas frente al canal 3. Somos una generación que aprendió la importancia de la planificación a mediano plazo a punta de Tetris, y el valor de la constancia con el nivel 3 de Battletoads. Otros cambios también viví, por ejemplo, cuando el cartucho del Atari daba paso al Cassette de “nintendo chino” con 500 versiones del mismo Mario Bros, igual nos hacíamos los locos, no importaba que se repita, para nosotros era fuente inagotable de diversión. Me acuerdo también, cuando de un tirón de oreja me sacaban del cuarto de la TV para que ya no sea vicioso, entonces me ponían a jugar juegos de mesa. Mi favorito era ese en el que uno empezaba a creerse médico cirujano porque jugando “Operation” le hacía pedazos a mi tía abuela, a la que le temblaba la mano por beber tanto café. Chusco era ver como saltaba del susto cada vez que el foquito rojo se prendía porque tocaba el filo del enfermo. Recuerdo también que cuando la tía se enojaba de que yo la apabulle en el juego del cirujano y sacaba el de los “Hungry Hungry Hippos” y empezaba a darle unas palizas al “hijuepótamo” para que se engulla las bolas que rebotaban por todas partes. En ese momento uno ya entendía que era mejor agachar la cabeza y dejarla ganar, porque si se enojaba no iba a dejarme jugar en paz con los Transformers…

Los Transformers de esa época eran cosa diferente, eran una locura. En serio a uno le ponían a pensar cómo llevarlos del punto A al punto B, de verdad esos eran cosa seria. Creo que de pelado tuve al menos dos, que una vez que se hicieron carro nunca volvieron a ser lo que en la caja prometían, o si volvieron a su forma original no fue siguiendo los pasos “sugeridos” por el fabricante. Los Transformers nos ensañaron a trabajar en equipo, porque con ellos aprendimos que si uno no llegaba a tiempo se armaba la grande y entonces quien podría a salvar a la ciudad de ser destruida. Aprendimos con nuestros juguetes la importancia de la adaptabilidad y de la flexibilidad, porque aunque nunca tuve la oportunidad de ver de cerca al poderoso Battle Cat, mi He-Man, sin ninguna complicación se montaba en el Pony rosado de mi hermana para rescatar a la damisela en peligro de la parte más alta de la torre Eiffel, esa torre que se veía desde el patio de la casa o desde el baño social de la abuelita.

Esos juguetes que funcionaban con imaginación eran los mejores, porque había como mezclarles sin problema y sin compatibility issues como ahora le llaman. Recuerdo haber tenido un Monopolio con tanto billete de otros sets que uno parecía estar jugando en Dubai entre millonarios, donde ya no importaban tanto las reglas, porque a la final, como faltaba una que otra casa y la tarjetita de propiedad de la Connecticut Avenue, el tablero terminaba siendo pista para unos Hot Wheels que de alguna forma inesperada, tal vez con uno de esos saltos acrobáticos desde la cama con rampa improvisada terminó en la caja del Monopolio. Recuerdo esos binoculares rojos con discos de fotos, con ellos uno podía darse la vuelta al mundo en siete palancazos o meterse en una película de Walt Disney con sencilla mente cambiar el disco de fotos, eran una maravilla.

Otra cosa que aprendí con los juguetes de esos tiempos es que los soldados que acababan las batallas son los que tienen huecos en los talones (durante años pensé que todos los soldados, inclusive los de las películas Rambo, tenían esos huecos en los pies) y que no importa cuánto se sacuda la nave, basta una pata bien puesta para mantenerse en la lucha. Yo nací en los ochentas, y no me arrepiento de ninguno de los destrozos que hice con mis juguetes, ni de las horas que pasé frente al Atari, ni de las cientos de veces que le llené de babas al cassette de Megaman III soplándolo para que funcione. De lo único que me arrepiento es de no haber guardado esos juguetes en una caja fuerte, porque seguro hoy con ellos, cuando nadie este mirando, encantado de la vida treparía a la Barbie Malibu en un Batimóvil, como quien le pongo en misión de rescate de mis recuerdos de cuando era más chico y las pilas eran bastante más grandes, o para venderlos en eBay a algún coleccionista que tenga las mismas intenciones aventureras que yo.


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