Pioneros



Los primeros seres humanos en tener una cita romántica en el espacio (más específicamente en la Estación Internacional Espacial Número 2) fueron el ingeniero y piloto de la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial, Nobukazu Takemura, y Anna-Lynn Thornton, bióloga molecular, contratada como especialista de carga útil por la NASA.

Se conocieron en el Área de Sociabilización 1, que consiste en una habitación mayormente vacía y una cafetera. El ingeniero se le acercó, sonrió y dijo algo acerca del clima espacial. La bióloga, que hablaba con fluidez al menos tres idiomas aparte del inglés, no hablaba una sola palabra de japonés. Desde el principio su relación dependería de los pobres esfuerzos del ingeniero por hacerse entender en el idioma de ella. Al cabo de unos minutos habían logrado concertar una cita, y aunque no había días ni noches en la Estación, quedaron en verse el viernes, es decir, dentro de 57 horas, momento en el cual la Estación entraría en la órbita de Júpiter por primera vez.

Se encontraron en el Área de Sociabilización 2, que a diferencia de la otra, dispone de una bonita vista al espacio y un restaurante privatizado por la Agencia Espacial Italiana. El ingeniero, que era un hombre muy elegante y tal vez el único en toda la Estación que había empacado corbatas antes de salir de la Tierra, llegó veinte minutos más temprano de lo acordado. La bióloga llegó un par de minutos tarde, en el uniforme deportivo de la NASA, lo que le daba la apariencia de una maestra de gimnasia.

Ella (vegetariana), pidió una ensalada y un vaso de vino blanco sintético. Él (sobrio desde hace quince años), pidió la carne in vitro y un vaso de leche. El mesero (el astrofísico, Dr. Albert Hammond Jr.) les preguntó a qué agencia debía debitar la orden. El ingeniero (más precisamente la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial) se apresuró a pagar la cuenta. La bióloga se negó rotundamente explicando que nadie, ni siquiera su ex esposo, habían tenido nunca que pagar por ella, y que le parecía doblemente inapropiado que la Agencia Japonesa (de algún modo todo el Estado de Japón en el espacio) pagara por su comida.

La orden fue cocinada por el Dr. Nicola Piovani, Premio Nobel y figura soberana para todos en la Estación por sus invaluables contribuciones a la investigación del cultivo de células animales, así como por ser dueño de la patente de una carne recreada totalmente en laboratorio y que se asegura puede durar más de cien años sin necesidad de refrigeración. La carne que preparó para el ingeniero fue parte de su lote más fresco, cultivado hace solo cinco años, y no mostraba ni un síntoma de deterioro. El japonés, luego de dar un par de mordiscos a la carne, mandó sus fervorosas felicitaciones al chef, no tanto por el sabor de la comida (que en realidad era bastante desagradable) sino por sus contribuciones a la humanidad.

Cuando terminaron de comer se apresuraron a la ventana, ya que en pocos minutos entrarían en órbita con Júpiter. El enorme planeta se mostró ante ellos en toda su pavorosa magnificencia y la repentina convicción de estar a la merced gravitacional de algo tan enorme y vacío los puso de un humor melancólico. Ella habló de la soledad que sentía desde su separación y el ingeniero habló de la soledad en general, que era la única que conocía. Hablaron de no querer volver nunca a la Tierra y luego hablaron también de lo triste que era estar tan lejos de ella. Al despedirse el ingeniero hizo un avance, pero la bióloga lo detuvo. “Ya no puedo darme el lujo de estar con alguien de quien no me siento absolutamente segura de poder enamorarme”, dijo.

Poco tiempo después, llegaron noticias sombrías a la Estación. Al hacer contacto con el rover que desde hace cinco años exploraba la superficie de Europa, satélite de Júpiter y mayor candidato en el sistema solar de albergar vida extraterrestre, se analizó la data minuciosamente y se llegó a la conclusión de que no había ningún indicio de que alguna forma de vida haya existido en el océano congelado del satélite jupiteriano. La Estación emitió el siguiente mensaje a la tripulación: “Todo parece indicar que estamos solos en el universo”. De pronto la bióloga dejó todo y salió en busca del ingeniero. Las dudas se le habían disipado repentinamente y mientras corría y la distancia que los separaba se acortaba, pareció darse cuenta de la ridícula importancia que tiene el amor ante la dimensión del universo.


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