Winter’s Tale

  • por: betty agurre-aier
  • ilustración: andrés montesinos


Mi primera aproximación al invierno fue una esfera de cristal que mi madre colocaba cada navidad en mi mesita de noche. En aquellos días además de las luces y las vitrinas, eso era lo más mágico de aquella época. La esfera contenía un paisaje diminuto del Polo Norte. Solamente debía sacudirla para ver a los copos de nieve arremolinarse, creando una pequeña tormenta que duraba segundos. Me mantenía inmóvil por largos minutos creando mis propias historias, absorta en un mundo desconocido y silenciosamente deseado.

Aquel deseo se cumpliría años mas tarde al mudarme a los desiertos de Utah. Sin embargo, la inocencia de la niñez había sido transformada por la realidad. Ahora era yo quien estaba dentro de la esfera, a merced del frió paisaje y los cristales de nieve clavándose en mi piel como aguijones. Año tras año, tormenta tras tormenta he sentido el azote del viento helado atravesándome los huesos y mordiéndome la piel; pero también me he dejado seducir por la belleza exuberante del invierno en Dear Valley, Horse Point o Mesa Verde.

El invierno, tiene el poder de ejercer esa dualidad sobre nosotros; tememos su llegada pero también la anhelamos. Su grandeza no siempre está a la vista, ni tampoco lo trágico y violento que el mismo acarrea. La belleza del invierno, ha sido interpretada de varias formas a través del arte; como la fotografía por ejemplo, que nos permite captar momentos irrepetibles. Así lo hizo Wilson Bentley, un snowflake savant quien hace casi 150 años en la región noreste de Nueva Inglaterra, dedicó su vida entera a observar los cristales de hielo bajo el microscopio y fotografiarlos. Para Bentley, los copos de nieve eran “milagros”, y cada uno de ellos una obra maestra irrepetible. Bentley vivió invierno tras invierno y cristal tras cristal, la belleza de lo efímero. Fotografió mas de 5,000 cristales durante su vida, permitiendo descifrar al mundo por primera vez, su exquisita anatomía. Solía decir: “cuando un cristal se derrite, lo perdemos para siempre”.

La efímera vida de los copos de nieve, es también lo efímero de cada invierno. Jamás existirá uno igual a otro. Su llegada siempre nos sorprende, aun cuando sabemos que está a las puertas del otoño. Mientras van pasando los días, el frío paralizante, el silencio que dejan los pájaros que emigran y la nieve, lo inundan todo. La naturaleza se repliega y nosotros con ella, y una nueva energía nos impulsa a continuar. Esa interiorización no pasa desapercibida. Nuestros sentidos distinguen las múltiples posibilidades de adaptación, desde lo práctico a lo estético. Nos percatamos de los detalles y descubrimos que el invierno no es un universo tan blanco o tan silencioso.

La luz del día, despliega sobre la nieve una gama de colores que rompen la monotonía del blanco absoluto: rosas pálidos, lavandas, blancos cremosos y grises perlados. Colores que el ojo experto puede captar a través de la contemplación, como lo hicieran Monet y J. M. W. turner. Otros artistas más contemporáneos como Eric Aho, profundizan y recuperan una naturaleza agitada y violentada. A colores suaves y grisáceos, Aho añade ocres y negros, o rojos fuego que azotan el lienzo en brutales trazos, ilustrando así el misterio y el peligro de una naturaleza arrasada por las furias heladas. La música también ha captado los acordes del invierno. Así lo hicieron grandes compositores como Tchaikovsky o Sibelius, quienes llegaron a interpretar la sonoridad del suave viento que serpentea los gran des bosques, o las fuertes tempestades que crean ecos y avalanchas.

Mas allá de la sublime y misteriosa belleza, el invierno también nos impone actos de supervivencia. La naturaleza muerta, los caminos congelados y las nevadas que nos deja inmovilizados y sin electricidad, nos obliga a volver a nuestros instintos más primitivos. En el invierno del 2009, una tormenta de varias horas dejó a Salt Lake City sumergida en nieve. Nuestro vecindario estuvo sin electricidad por casi tres días; el intenso frío llegó a calar nuestros huesos. Buscábamos sitios donde pudiéramos tener algo caliente, incluyendo el calor humano, literalmente. Las cafeterías hicieron su agosto en febrero. No daban abasto, vendían café, té, chocolate y toda suerte de bebidas calientes, como si fuera lo último de lo que la humanidad pudiera alimentarse. En esos reducidos espacios, las horas pasaban al calor de las bebidas y de las conversaciones con extraños o vecinos, a quienes normalmente nunca veíamos o hablábamos. Solo nos faltaba el fuego para decir que habíamos vuelto a los albores de la humanidad.

En los días posteriores a esa gran tormenta me llegó un cuento de Jack London, “Como hacer una fogata”. Una historia de supervivencia en las heladas tundras del Yukón, en Canadá. El invierno es tan despiadado en los países del norte, que la vida de un hombre llega a depender de la habilidad de encender el fuego y un algo de imaginación. Los largos días sin sol, con apenas un poco de comida para sobrevivir y esa sensación creciente de que el frío te va mordiendo el cuerpo hasta tragárselo por completo, me llevó a pensar en lo vulnerables que somos los seres humanos ante los embates de la naturaleza.

Mientras leía a London y la extrema situación del personaje, pensaba que aun con los avances del mundo moderno, nuestra vulnerabilidad es constante. Así por ejemplo, conducir por las vías rápidas en plena tormenta es un acto suicida. Es mejor estacionar el auto en un lugar seguro y esperar, o simplemente no salir. O que decir del black ice o hielo negro, una fina e invisible capa de hielo sobre el asfalto, una trampa que es la pesadilla de todos. Si llegamos a conducir o a caminar sobre ello, lo más seguro es que terminemos contusionados sino algo peor. Hay que aprender a reconocerlos y a estar abastecidos de sal por varios meses, única manera de deshacernos de ellos. Otro detalle que es importante tener en cuenta son los días cortos del invierno. Uno aprende rápido que debe aprovechar esas horas para trabajar y si hay algo de tiempo tomar un poco de sol. La depresión por falta de luz solar y movimiento, aumenta sustancialmente durante la estación invernal.

Estas y muchas otras situaciones que nos ayudan a salvar el invierno, responden al instinto de supervivencia; como lo es el de desarrollar una visión que nos permita apreciar su belleza. De otra forma nos seríamos capaces de superar el frío extremo y sus consecuencias. Mi visión del invierno no ha cambia do mucho a aquella que tenía cuando contemplaba la esfera. Continúo sorprendiéndome con la primera nevada, con la gracia de los esquiadores que se desliza por las colinas rompiendo el viento y desafiando obstáculos; o con la alegría de los niños que se deslizan en sus trineos. Pero sobre todo me sorpren do y guardo gratitud por las grandes nevadas, pues ellas serán el agua de los ríos y las fuentes en el árido y ardiente verano que se aproxima.


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